Todo en esta vida tiene su lado positivo, incluso el coronavirus. Por más que tenga al mundo patas arriba y manos abajo, negándole el saludo hasta al mismo Papa, el indeseable microorganismo ha puesto al descubierto muchas de las actitudes y conductas típicas del costarricense en situaciones de emergencia.

Puede que algunas de ellas sean iguales o peores que las registradas en otros países con mayores niveles de afectación, pero, en mi caso, hablaré por lo visto y vivido, entre incrédulo, impresionado y gracioso, durante las últimas semanas en Costa Rica, luego de que el COVID –19 decidiera venir a disfrutar de una –ojalá breve- estancia por estos lares tropicales que, para infortunio de todos, parecen estarle sentando muy bien.

No lo hago con el afán de burlarme ni de alegrarme de la desdicha ajena –en esto nadie puede decretar inmunidad perpetua-, sino con el noble propósito de evidenciar, con sentido autocrítico, aderezado con gotitas de ironía y humor, las debilidades que, como sociedad, debemos trabajar y corregir de cara a los retos de salud pública –o de cualquier otro género- que enfrentaremos en los años venideros.

En el caso que hoy nos compete y me mantiene recluido en mi casa, desinfectando la computadora con la que escribo cada diez minutos, lo que puedo asegurar es que desde que nuestro ejemplar ministro de Salud, Daniel Salas, quien debe tener como un mes de no dormir el pobre, anunció lo que inevitablemente iba a suceder en tiempos de libre intercambio de bienes, servicios y enfermedades, los ticos empezamos a tomar nuestras acciones preventivas, algunas muy necesarias y sensatas, otras totalmente paranoicas y descabelladas, pero todas un fiel reflejo de la cultura del costarricense en tiempos de pandemia.

Lo primero que se me viene a la mente es cómo al tico se le conoce, en su verdadera esencia y naturaleza, cada vez que habla de fútbol, religión, política… y ahora también del coronavirus. Si quiere una radiografía más completa aborde los cuatro temas en combo, aprovechando el nivel de expansión que ha presentado en los más diversos campos de la vida nacional y cotidiana.

El coronavirus es el gran tema del momento en el mundo. En cuestión de meses se ha convertido en toda una ingrata celebridad. No solo acapara conversaciones, sino también memes, videos, audios, chats de WhatsApp y todo lo que usted se imagine. Por más que lo tenga hasta la coronilla, el coronavirus, es la moda dentro y fuera de nuestras porosas fronteras. A estas alturas, no creo que haya alguien, por más ermitaño y desconectado que sea, que no haya incorporado la infausta palabreja a su vocabulario de uso frecuente. No hay red social donde #COVID-19 no sea tendencia. Donde haya un ciudadano del mundo es probable que ese sea el tópico ideal para discutir o romper el hielo. En oficinas, escuelas, colegios, empresas y hasta en una heladería, según pude comprobar días atrás.

En resumen, ya no hay lugar o recinto, de los pocos que quedan abiertos y permiten la interacción social, donde no se hable del mentado virus. Una clara muestra de la vulnerabilidad humana frente a una enfermedad que no respeta de fronteras, credos, ideologías, etnias ni distingos sociales o económicos de ninguna especie. Y si usted, por jugar de “rebelde sin causa” o no querer salir de la burbuja en que habita, lo sigue negando o ignorando corre el riesgo de ser visto como un alienígena o un caso positivo en potencia, sin importar si sus síntomas son producto de una simple alergia causada por el olor a Lysol que impregna al mundo entero.

Cuatro grupos

De regreso en Costa Rica, llama la atención que siempre que sobreviene una situación así, la población se divide en cuatro segmentos claramente diferenciados. Están los precavidos obsesivos que, no había llegado la muestra del primer caso sospechoso a INCIENSA y ya ellos tenían galones de Sani Pine y Pato Purific guardados hasta debajo de la cama, dejando los anaqueles de los supermercados vacíos como en película apocalíptica. “Solo por aquello”, dicen para justificar sus actitudes acaparadoras como si privando a los demás de que se limpien, evitarán contagiarse ellos mismos.

Al otro extremo de la línea de estrés pandémico destacan los incrédulo-conspirativos, que creen que todo obedece a una estratagema orquestada por las mentes maquiavélicas del Gobierno para desviar la atención del caso UPAD, de las renuncias del gabinete y de la eliminación de Saprissa de Concacaf. A ellos son los que vemos, confundiendo la emergencia con vacaciones y desfilando en caravana por la ruta 27 dispuestos a matar el virus a punta de playa, fiesta y alcohol (y no precisamente en gel). Es de los que se escudan en el nocivo y cómodo: “a mí nunca me va a pasar” o el “portaaaa a mí”.

En el intermedio figuran los precavidos sensatos que sí respetan y acatan las disposiciones gubernamentales e instan a los demás a hacer lo mismo. Son los que estamos encerrados en la casa viendo Netflix, jugando juegos de mesa o simplemente compartiendo ratos de precavida unión familiar, lejos de los celulares porque hasta estos pueden ser focos de contagio (lástima que solo así nos desprendamos de ellos) Representan al ciudadano ideal que deberíamos ser en este momento: solidario, consciente, prudente, responsable y colaborador. El día que todos estemos acá no habrá flagelo que pueda vencernos.

Finalmente, destaca un grupo (con cierto aire de frescura y espíritu inmortal) que no alcanza ni el margen de error que son los que siguen con su rutina diaria, a la espera de que se aclaren los nublados del día. Aunque a regañadientes, por lo menos se lavan las manos y saludan de larguito y sin silbar. Son algo así como los indecisos en periodo de votación. Un estornudo más o uno menos puede determinar su decisión de moverse hacia alguno de los bandos anteriormente mencionados.

Si los juntamos a todos ellos y extraemos al azar a algunos de sus miembros y los ponemos a opinar sobre el tema, vemos lo que ocurre, por ejemplo, en redes sociales. Cada uno tendrá su visión particular del asunto. Es como cuando juega la Sele y todos nos creemos que el mismo Menotti nos ha ungido para venir a dar cátedra futbolera. De repente, creyéndose los más avezados doctores en epidemiología se sienten con la autoridad moral e intelectual para exigir y criticar al Gobierno por lo que hace o deja de hacer, aunque nunca hayan usado un microscopio en su vida.

Que por qué hasta ahorita reaccionaron, que cómo no se les ocurrió antes cerrar el aeropuerto, que no es posible que no haya nadie con una “pistola” (como dijo un “influencer” refiriéndose al termómetro) tomándole la temperatura a los recién bajados del avión, que por qué nadie regula la venta de papel higiénico en la pulpería… en fin.

Todos nos creemos con las credenciales éticas e intelectuales para asesorar a esos ignorantes médicos de la CCSS y el Ministerio de Salud que no saben ni dónde están parados. Es el mal tan generalizado en Costa Rica de politizar temas que deben ser abordados con criterios técnicos, reposados y fundamentados. Pero no, ellos ahí siguen felices hablando con propiedad hasta de la futura llegada del hombre a Marte. ¿Qué va a ser Franklin Chang a la par de tantas mentes preclaras desperdiciadas en un hilo de Twitter?

Al momento de escribir estas líneas, uno de ellos se manifiesta, decretando la cura definitiva contra el coronavirus: gárgaras con agua tibia y sal o vinagre. Así de simple, como si se tratara de un inofensivo catarro. No, si ya con eso y un acetaminofén estamos listos para sobrevivir a la peor de las hecatombes. ¡Oh chinos más tontos, cómo no se dieron cuenta antes!

No a las fake news

Si acatáramos las recomendaciones de las autoridades con la misma agilidad y rapidez con que difundimos mensajes infundados y carentes de bases científicas en redes sociales, creo que ya estaríamos a punto de vencer al coronavirus y quién sabe cuántos males más. Pero como preferimos alimentar el germen de la histeria colectiva a punta de fake news, acá estamos corriendo, comprando, gastando y acaparando como si el mundo se fuera a acabar en tres semanas.

La única ventaja es que, mientras esperamos la llegada del juicio final, nos tomamos el asunto con buen sentido del humor y no faltan los memes que constituyen la válvula de escape perfecta para sobrellevar estos momentos de tensión e incertidumbre, sin perder la cordura ni la capacidad de reír, en medio de tantos motivos para temer y llorar. Como decía el maestro Chespirito, tomando las cosas por el lado amable.

Muestra de ello es lo que me comentó una conocida la semana pasada, cuando un honorable ciudadano oriental, quien se encontraba haciendo un trámite en una entidad financiera, empezó a estornudar y provocó una evacuación masiva de clientes, como si de un asalto a nariz armada se tratara. Dicen las malas lenguas que, desde entonces, fue declarado non grato y pasó a integrar la lista de los más buscados por el OIJ por tentativa de homicidio calificado en grado pandémico.

La curiosa escena, aparte de demostrar la costumbre de reírnos de todo lo que nos acontece, refleja otro rasgo típico del tico que sale a relucir en la coyuntura actual: caer en injustas generalizaciones a partir de premisas falsas y claramente discriminatorias. Ni todos los chinos, italianos o iraníes están infectados ni todos los ticos estamos a salvo de ser uno más de los “coronados”.

Solo con tolerancia, responsabilidad, autocrítica, respeto, empatía, cuidado mutuo, amor propio, sensatez y –por qué no- hasta sentido del humor podremos combatir el COVID-19 y muchos otros flagelos igualmente dañinos y contagiosos que se han diseminado durante los últimos años y que también requieren de manos limpias en su urgente acometida. Que sirva esta crisis del coronavirus para inocularnos contra todas las graves epidemias culturales que nos impiden avanzar.

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