Antes del COVID-19, lo más cercano que había estado al minimalismo fue un documental de Netflix que vi el año pasado.  Aunque en suma interesante y revelador para un neófito en la materia como yo, por alguna razón, el par de muchachos que viajaban por todo Estados Unidos, a bordo de su “Toyotica”, pregonando la filosofía de que “menos es más” no me terminaban de convencer, por más que siempre anduvieran ligeros de equipaje, preocupaciones y deseos materiales.

Tuvo que llegar el famoso “bicho” a poner este mundo patas arriba para demostrarme que algo de razón tenían los mencionados ideólogos del minimalismo y sus hábitos “anticonsumistas.”  Queramos o no, prácticamente todos los que estamos en cuarentena hemos tenido que aplicar técnicas minimalistas para sobrevivir al encierro, sin volvernos locos ni agotar todas las provisiones en una sola sentada. En mi caso, salvo las idas al gimnasio o a jugar fútbol con los amigos, mi estilo de vida no varió radicalmente a raíz del #quedateencasa decretado por las autoridades de salud.

Se puede decir que, de previo a la pandemia, yo vivía bajo un régimen de cuarentena autoimpuesto a voluntad. No es que fuera un ermitaño empedernido, porque tampoco es que me privaba de los otrora grandes placeres como salir a comer, viajar y conocer otras personas, pero, reconozco que siempre he sido más casero. Y con más razón, desde hace unos tres años que, por motivos laborales, mi hogar se convirtió en centro de estudio y oficina, aparte de espacio sagrado para dar rienda suelta a otras de mis grandes pasiones como leer, escribir, grabar videos, escuchar música, entre otras actividades que, en su mayoría, se disfrutan mejor en solitario y encerrado.

Así que, en realidad, mi tendencia al enclaustramiento ya la traía incorporada en mis genes como defecto (¿o virtud?) de fábrica y por eso este mes de cuarentena que llevamos no me ha pegado tan duro. Además, debo admitir, que llevo más de cuatro años, desde que decidí incursionar en el mundo del emprendimiento, preparándome a diario para enfrentar momentos de ansiedad e incertidumbre como el actual.

Bajando niveles de estrés

No quiero decir con ello que no me ha afectado todo esto (ni humanoide insensible que fuera uno), pero siento que, modestia aparte, algunas herramientas útiles para sobrellevar esta coyuntura me han dejado las horas invertidas en libros, audios y talleres con miras a tiempos de pandemia u otros más complejos que puedan sobrevenir en el futuro (Dios quiera que no).

Y sigo entrenando a diario. Creo que la lectura y el crecimiento personal es una de los mejores negocios, haya o no pandemia. De hecho, es uno de las actividades a las que más tiempo le dedico, junto con otras más triviales como conectarme a conciertos en línea, ver videos graciosos, ejercitarme, meditar, comer y dormir bien, lavarme las manos, desinfectar superficies, entre otras labores rutinarias de autocuidado.

Pero también reconozco que no todo mundo goza de la misma capacidad para lidiar con el aislamiento y, por lo tanto, es normal que los síntomas del “síndrome de la cuarentena” varíen mucho entre unos y otros (todo depende de si tiene o no el “mind set” adecuado para épocas de crisis). Por eso me alegra y celebro que cada quien tenga sus formas y manías para canalizar el estrés. No juzgo en lo absoluto a los que comparten memes o videos, buscan sus quince segundos de fama en TikTok o hacen transmisiones en vivo para demostrar sus talentos y pasar el rato.

Más bien, me alegro por ellos y los insto a seguir haciéndolo, si eso los hace sentir felices y relajados. Es parte de la tolerancia a la que todos debemos echar mano para sobrevivir a la ansiedad que nos agobia, en menor o mayor intensidad. Y si hay alguien que no puede ser tolerante y le molesta, enoja o disgusta lo que otros hacen, le recomiendo abstenerse de manifestarlo (por no decir que a nadie le importa).

No es momento para serruchar pisos, sembrar cizaña o regar veneno en redes sociales, ni tampoco para la arrogancia, vanidades, egocentrismos, ataques, ni rollos existenciales. La mejor vacuna de la que disponemos ahorita es el amor, la solidaridad, la responsabilidad y la cooperación mutua para derrotar al letal enemigo en común que nos acecha, no sin antes dejarnos varias lecciones valiosas en el camino.

Tesoro bajo techo

Junto a la urgencia de respiro que nos imploraba el medio ambiente, lo cual se refleja en el sonido de las chicharras al despuntar el alba en una ciudad sin humo ni carros y el cielo limpio y celeste que adorna estas tardes soleadas de verano, se podría decir que la principal de ellas es demostrarnos que todo lo valioso que tenemos se encuentra resguardado en cuatro paredes.

Por más cajonero y romántico que suene, lo esencial se encuentra puertas adentro. No necesariamente lo que queremos, pero sí lo que requerimos para estar bien. Habiendo comida, salud y una familia qué cuidar y amar, el resto se vuelve secundario. El dinero, el estatus, las propiedades, los carros, la ropa y demás pertenencias son pequeñeces frente a la trascendencia de lo intangible que realmente nos ocupa, lejos de lo superficial, material y accesorio procedente del exterior.

El rico y el pobre están en su casa, siendo héroes de camiseta y sandalias, tratando de salvar al mundo. Todos, sin distingos de ninguna clase, hemos caído en cuenta de esta cruda y sonante realidad. ¡Qué pena que nos haya costado, al momento de escribir estas líneas, más de 113.200 vidas descubrirlo! Ojalá nunca tengamos que volver a pagar un precio tan alto para recordar un principio minimalista y humanitario tan básico en Costa Rica y el mundo entero.

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