Foto tomada de la página web de la CCSS

Cuenta la leyenda que, en media alerta de tsunami en Puntarenas, allá por el año 2011, mientras todo mundo evacuaba, mi tío, despistado que es, se dirigía en sentido contrario al puro corazón de la ciudad costera. “Con razón el bus iba tan vacío”, comenta entre risas al rememorar la anécdota.

¿Inoportuno sentido de heroísmo o simple distracción? Conociendo a mi familia paterna, me inclino más por lo segundo. Independientemente de la causa del curioso pasaje, debo reconocer que así me sentí el miércoles pasado, cuando tuve que visitar el Hospital México en plena emergencia sanitaria por el COVID-19.

A diferencia de mi familiar, yo sí era totalmente consciente de que me dirigía a la boca del león en plena temporada de cacería. De repente me sentí como en la película Tornado, cuyos protagonistas, como buenos “cazatormentas”, viajaban con todo y sus temores a cuestas, a enfrentar y estudiar esos violentos fenómenos naturales en el propio lugar de los (des)hechos.

Sin embargo, lo mío no era con fines científicos (como en la película) ni por puro despiste (como mi tío) sino más bien para hacerle el favor a mi padre, quien requería de la reprogramación de su cita y unos medicamentos que, por motivos de cadena de frío, no podían serles enviados hasta la casa, tal y como la CCSS lo gestiona con las demás personas para evitar exponerlos innecesariamente al contagio.

“Y no hay otra forma de coordinar el envío”, le consulté a la funcionaria cuando me llamó a darme la no tan grata noticia. “No, solo puede venir el paciente o alguien en su lugar con la copia de la cédula”, me respondió. No se diga más. Como buen y considerado hijo, me tocaba cumplir con la diligencia.

Armado con mi botellita de alcohol en gel, hielera, mascarilla y la protección divina, me dirigí a la sección de Consulta Externa del hospital, mientras pensaba en las ironías de la vida: más de mes y medio encerrado en la casa, saliendo si acaso y a regañadientes a la pulpería de la esquina, para venir a romper la cuarentena, yendo al lugar menos indicado en tiempos de pandemia. Como diría Kiko, qué cosas, ¿no?

Ya ubicado en uno de los epicentros de la crisis, de entrada, noté que todo transcurría tranquilo y sin novedad. Como comité de bienvenida, una amable joven nos invita a hacer fila para ingresar, siempre guardando la distancia y no sin antes consultarnos si hemos tenido tos o fiebre en las últimas horas. Tras el interrogatorio de rigor, vierte un poco alcohol en gel en mis manos… y para adentro: a la boca del lobo, digo, del COVID-19, digo del hospital. Son los nervios, sabrán disculparme.

Seguimos el recorrido. Le consulto a la oficial de la entrada a dónde debo ir, con la esperanza de que no me hiciera pasar del primer cubículo de oficinas. “Vaya al fondo hasta la sección 10”, me dice, ahuyentando de cuajo mis ilusiones. Empiezo a caminar a paso ligero, más no desesperado para no hacer tan evidente mi premura, esquivando a pacientes, acompañantes, funcionarios y sillas de ruedas, hasta que finalmente llego al lejano sector indicado.

“Disculpe, pero no tenemos nada a nombre del paciente. Si gusta devuélvase y pregunta en la sección 5, en la jefatura de Consulta Externa”, me espeta la señorita y me extiende una boleta que tomo con desconfianza. Murphy me guiña un ojo y me advierte que no podré salir tan rápido como deseaba. Llego a la mentada ventanilla, me reciben los papeles y, por suerte, pocos minutos después, sale un amable muchacho a entregarme la documentación de mi papá e invitarme a pasar a farmacia. “Vaya, ya están listos”.

Afortunadamente no hay filas. En menos de un minuto ya estaba en la ventanilla. El funcionario, serio y con cara de pocos amigos, me pregunta si retiré los medicamentos del 23 de abril. A causa de la cuarentena que lo hace a uno olvidar hasta el propio nombre, respondo torpemente que sí, cuando, en realidad los últimos fueron en marzo. Me disculpo, me mira con un dejo de consideración y se marcha a buscarlos.

Fijo no soy el único que llega a decir incongruencias o a contar sus dramas, pienso mientras esbozo una sonrisa pícara detrás de la mascarilla. Escuchando por accidente las historias de los asegurados de las demás ventanillas, caigo en cuenta que estoy en lo cierto. “Mire, que es hoy me voy para Guápiles y no puedo regresar más tarde”. “A mí solo esto me dieron, ay por favor no me diga que tengo que volver otra vez donde la secretaria”. “Es que la vez pasada solo me entregaron un medicamento y faltaron los otros, pero ya no tengo la receta”.

A todos y cada uno de los pacientes –y sus historias- responde con aplomo y paciencia el funcionario, tratando de explicar, entre sereno y resignado, lo que procede en cada caso. Casi diez minutos y su colega no regresa. Lo veo a lo lejos y me hace una señal de “ya casi”. Le agradezco el gesto. Finalmente aparece con la bolsa de medicamentos en la mano, los cuales, al parecer, tuvo que ir a buscar hasta la oficina del Presidente Ejecutivo. Me despide con un talante amable que contrastaba con el semblante circunspecto de instantes atrás.

Por fin, hora de retirarme, no sin antes lavarme las manos en la estación de lavado colocada frente a la farmacia. Camino hacia la salida principal del edificio y un atento joven no me deja irme sin mi respectiva dosis de alcohol en gel. En cuestión de media hora ya me había desinfectado tres veces las manos. Me sentí bien atendido, orientado y hasta cuidado. Libre de malos modos, groserías y negligencias –esperemos también que de coronavirus.

Ya de nuevo en casa, paso directo a bañarme y desinfectarme –por aquello de las dudas-, no sin antes agradecer la bendición de vivir en el país mejor preparado del mundo para enfrentar una pandemia.

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