CarTowers’, en el parque temático ‘Autostadt’, en Wolfsburg, Alemania.

Imagen tomada de viewparking.net

La tentación de reincidir en el consabido tema es alta en virtud de las aciagas noticias de última hora. Pero, rebelde que soy, me niego –de momento- a dedicarle una línea más al bicho culpable de hacernos volver atrás a la cuarentena, dejándonos el fin de semana pasado sin celebración del Día del Padre ni el inicio de la final del campeonato nacional de fútbol.

Como ya este virus me tiene hasta la corona, opté por aprovechar el pasado fin de semana de confinamiento para sustituir la ida al cine o a comer por un rato de escritura –qué me queda- sobre otro mal que, si bien todos podemos llegar a padecer en mayor o menor medida, afortunadamente no es tan contagioso ni letal como el innombrable de moda.

Me refiero al indeseable síndrome del eterno distraído. ¿A quién no le ha pasado? No hay nadie, por más estoico que sea, que pueda jactarse de no haber sido víctima de las distracciones o famosos lagunazos. Esos que, sin mala intención, te hacen olvidar cosas tan comunes como el paradero de las llaves, la lista del súper, lo que te dijeron hace cinco minutos o si ya te pusiste o no shampoo mientras te bañas.

El problema es cuando las lagunas se convierten en verdaderos océanos donde naufragan los vestigios de cualquier intento de concentración. Bueno, algo así me sucede en no pocas ocasiones. Aunque, a decir verdad, ya menos que antes desde que me inicié en la práctica del mindfulness y el estudio de la filosofía del estoicismo, ambas herramientas de suma utilidad para desarrollar el músculo de la atención y el momento presente.

Si bien esto me ha ayudado a librarme un poco de la mala fama de “despiste” que me he granjeado en diversos círculos sociales, debo admitir, con cierto pudor, que aún me dan ciertas recaídas que me hacen recordar aquella máxima de “siempre despistado, nunca indespistado” con la que muchos de nosotros, incomprendidas víctimas, cargamos a cuestas por más que la ciencia diga que los olvidadizos somos más inteligentes o que tenemos mucho cerebro.

Justo cuando pensaba estar listo para declarar mi retirada perpetua de Despistados Anónimos, la semana pasada tuve un leve (¿o grave?) desliz que me hizo recordar que aún tengo trabajo por hacer antes de ser dado de alta. Y la comparto públicamente en estas líneas, no con el afán de que me compadezcan, sino para mostrarles la cruda realidad de quienes padecemos semejante desventura y a lo mejor encontrar a otros que se identifiquen con mi historia. Aunque no lo admitan y se resistan a integrarse al club, estoy seguro que a más de uno le ha pasado, con mejores o peores consecuencias que las mías.

Resulta que, cansado de estar encerrado en mi casa, me di una pequeña licencia para romper la cuarentena, yendo a un centro comercial capitalino a departir con dos amigos.  Comimos y charlamos, siempre manteniendo la distancia y aplicando todos los protocolos de rigor. Todo iba muy bien hasta que sobrevino la hora de la despedida. Ellos se fueron por su lado y yo por el mío; el problema es que yo nunca supe cuál era el mío. No sé si fue efecto de la cuarentena, combinada con mis frecuentes viajes astrales a la Luna, mezclada con un poco de desorientación –y eso que no había tomado licor – que resultaron en un coctel mortal de desubicación extrema que me mantuvo dando vueltas como veinte minutos, cual alma en pena, por los tres pisos de parqueo del mall, buscando mi vehículo.

Simple y sencillamente no me acordaba dónde lo había dejado. Seguramente cuando llegué mi cuerpo se bajó, mas mi mente permaneció en cuarentena y entre más memoria hacía, menos me acordada. Por más que me obligaba a una profunda reconstrucción mental de los hechos y llegaba a donde creía que lo había estacionado, el espacio vacío o la presencia de otro ejemplar distinto al mío desvanecían mis ilusiones. ¿Será que me lo cambiaron o alguien se lo llevó por error?

O sea, Dios guarde yo parqueando en el Car Towers, en Wolfsburg Alemania, famoso por sus torres con capacidad para alojar 400 autos, su túnel subterráneo y su sistema de cinta transportadora. Menos mal, el parqueo en cuestión estaba a un 50 por ciento de aforo y tenía varios sitios clausurados, porque si aquello hubiera estado como 24 de diciembre por la tarde (sin pandemia) ahí estaría como La Llorona implorando por mi criatura (¿Doooonde está mi carrooooo?)

Cuando ya había marcado trillo de tanto deambular por los oscuros y desérticos pasillos, tocó tragarme mi orgullo de macho alfa y al estilo del perro arrepentido del Chavo (con el rabo entre las piernas) tuve que pedir auxilio a un oficial de seguridad, quien, sin parecer sorprendido –de fijo no era yo el primero al que le ocurre-, se ofreció a ayudarme en mi fallida misión.

Tomó su radio y se comunicó con el encargado de monitorear las entradas y salidas. Le dio mi número de placa y cuando pensé que ya todo estaría resuelto, escucho la voz del interlocutor con su lapidario veredicto: “no me registra”. ¿Será que me vine en el carro de mi hermana y estoy dando la placa equivocada? No, eso sería el colmo ya. ¿Y si me lo robaron? ¡No puede ser! En esas elucubraciones catastróficas me encontraba cuando llamaron a otro funcionario que, tras explicarle el paso a paso de mi ruta de ingreso al estacionamiento, me llevó como chiquito extraviado (solo le faltó tomarme de la mano y decirme que todo estaría bien) al encuentro de mi señor padre carro.

En cuestión de un minuto ya estábamos en el piso correcto y ahí, justo al frente de nosotros, en medio de la nada –ya era tarde y todo mundo se había ido- estaba esperando a su despistado dueño, mirándome entre divertido y resignado. “Por qué no hablás como el auto fantástico”, le respondo, en mi defensa. Le agradezco al empleado por ayudarme a descifrar el misterio. Afortunadamente portaba mascarilla que ocultaba su inevitable sonrisa lastimera. Me subo –por fin- a mi carro y antes de arrancarlo, reviso mi celular. Como cruel broma del destino, veo un mensaje de mi tía, quien tal parece me conoce muy bien: “No se te olvide que vas a venir a mi casa.” ¡Despistados del mundo, uníos!

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