A mí me huele que nos quieren meter gol con hueco. Por muy buenas intenciones que tenga el Ministro del Deporte, Hernán Solano, el tristemente célebre metegol que se inventaron (en realidad fue un argentino) es cualquier otra cosa menos mejenga de verdad y eso a “los fiebres de corazón” nos hiere en nuestro orgullo futbolero, ya de por sí lastimado por siete largos meses de forzada ausencia en las canchas.

Debo admitir que, en un principio, como decimos los ticos: “me fui de pollo”. Ignorante que es uno en asuntos “metegoleros”, apenas me enteré de la supuesta buena noticia, mientras veía la conferencia de prensa en la que Solano hacía el anuncio, mandé el mensaje a un grupo de amigos, según yo para provocar su alegría y empezar a organizar nuestro ansiado retorno, a partir del 1 de noviembre.

“Mae pero ese metegol no es mejenga”, me respondió uno, devolviéndome de golpe a la cruda realidad. Y a partir de ahí empezaron los memes, videos, tik toks y demás material que ha circulado en redes sociales, a modo de mofa y desahogo por la ocurrencia de nuestras autoridades deportivas. “Diay mae, hice un sondeo y la verdad es que son contados los que quieren jugar esa vara del “meteorogol”, me dijo otro amigo, horas más tarde, tomándolo con sentido del humor.

Estudiando la extraña e importada modalidad, me doy cuenta de que aquella frase de que parecés un muñeco de futbolín no es tanto una alusión directa a la tiesura de los protagonistas, sino más bien una suerte de cruel profecía sobre lo que, tarde o temprano, nos iba a ocurrir a los futboleros en estos tiempos de pandemia.

Ahora todos vamos a parecer, sin derecho a ofendernos, legítimos muñecos de futbolín, moviéndonos en un reducido y desinfectado espacio rectangular, a prueba de planchetas, codazos, empujones y hasta madrazos (no vaya a ser que se nos desacomode la mascarilla). Y, sinceramente, así qué gracia tiene.

Como dirían por ahí, es lo que hay y no queda más que jugar el famoso metehueco –eh perdón, metegol- hasta que las condiciones permitan volver a los encuentros de roce y contacto (o sea a esperar sentaditos y distanciaditos en la banca). Si es que hay alguien que quiera probarlo, pues, por lo visto, más de uno, como dijo alguien en Facebook, prefiere quedarse jugando FIFA mientras corre en la banda sin fin. Tal vez así sude un poco más que moviéndose de un lado a otro como león del Bolívar.

Yo sé que peor es nada, que del ahogado el sombrero y todas las frases prefabricadas que usted quiera, pero es que definitivamente la pandemia nos está volviendo o demasiado creativos o en exceso ingenuos. Primero fueron los bares con música clásica, como si el guaro y la Novena Sinfonía hicieran buena mancuerna, y ahora el metegol o futbolín humano, que no deja de ser atolillo con el dedo para quienes llevamos una eterna sequía futbolera y ni qué decir para los dueños de canchas sintéticas.

Mientras a estos no se les ocurra armar un bloqueo frente a Casa Presidencial, con mejenga incluida, todo bien. Aunque a como vemos la situación, ya ni eso nos sorprendería. Porque ajustarse a los protocolos del metegol no es ni tan fácil ni tan barato como para arriesgarse a hacer una inversión que luego no puedan recuperar a falta de clientes. Ya están suficientemente golpeados económicamente como para tomar semejante riesgo. En fin, ya veremos si la fiebre mejenguera puede más que las restricciones sanitarias impuestas en el protocolo.

Por cierto, ¿ya lo leyeron? En el apartado de higiene y desinfección, dice textualmente: “Se deben lavar las manos antes, durante y después de las actividades relacionadas al deporte”. ¿Cómo así “durante”? ¿Se imaginan a los jugadores saliendo cada cinco minutos, no por lesión ni porque hayan sido expulsados, sino directo al baño a lavarse las manos? ¿Será que van a poner un lavatorio en media cancha? ¿O que el minuto de hidratación se cambia por el minuto de desinfección?

Mejor no lo seguí leyendo para no encontrarme más “joyitas” de esa naturaleza. Pero de todo, lo que más me sorprende, es el uso obligatorio de la mascarilla. Correr con cubrebocas en una mejenga al aire libre, allá por Guanacaste, bajo un sol abrasador de mediodía, es todo un atentado contra la integridad física. ¡Diay sí, no lo mató el coronavirs, pero sí una asfixia letal! Si a cara limpia más de uno queda al borde del colapso pulmonar, imagínense con medio rostro tapado.

Ahora bien, ¿no se supone que la demarcación de espacios en la cancha es para guardar la distancia y, en caso de cumplirse este requisito, no hace falta mascarilla, sobre todo si es un lugar grande, ventilado y abierto? A lo que yo entiendo, si ese era el protocolo establecido para otro tipo de actividades, ¿por qué no para el futbol recreativo?

Los mejengueros también merecemos respuestas. Por mi parte, sea metegol o mejenga normal, estoy salvado porque soy portero y siempre debo permanecer debajo del marco, con la ventaja de que no me pueden “acribillar” desde muy cerca y la mascarilla digamos que algo protege de los pelotazos rompenarices.

Los que sí están “fritos” son los arqueros aficionados al imprudente –y ahora también prohibido- estilo de juego de René Higuita, con sus salidas hasta la media cancha, y los demás jugadores de campo que ansían recuperar sus mejenguitas precovid.

¿Volverán algún día? Lo veo difícil en el corto plazo. Así que lo mejor es entrarle al metegol, aunque sea para liberarnos del colerón y la herrumbre acumulada. Eso sí, calda el que se ofenda cuando le griten: ¡Movete muñeco de futbolín!

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