Imagen de Tumisu en Pixabay

Estamos a poco de llegar a los nueve meses del primer caso de COVID-19 en Costa Rica y definitivamente, como diría el futbolista legionario Celso Borges, esto sí que ha sido una legítima “parida”.

No hay ámbito del quehacer individual y colectivo que haya resistido los embates de este insidioso microorganismo que, sin ser invitado, ha venido a poner a la humanidad entera de rodillas y a morder el polvo como nunca. Sin duda, como lo he dicho anteriormente, representa el mayor reto al que nos hemos enfrentado en la historia reciente.

La ventaja es que la larga y forzosa convivencia junto al virus, nos ha permitido conocerlo mejor, incluso más que a las mismas personas con las que nos mandó a confinamiento. Hoy prácticamente no hay nadie en el mundo, por más ermitaño y negacionista que sea, que no sepa cómo ataca y se contagia el tristemente famoso SARS-CoV-2 (ya hasta su nombre científico nos sabemos de memoria).

A estas alturas, más de 50 millones de casos y 1.3 millones de fallecidos después, es muy fácil decir lo que debimos o no haber hecho para contener su propagación. Todo el vasto conocimiento y experiencia acumuladas en el combate a esta pandemia nos debe servir, no para lanzar reproches o señalar culpables, si no para extraer valiosas lecciones a fin de que la próxima –ojalá aún esté lejos- nos tome mejor preparados y con la guardia y las defensas altas.  

Es tarea de los epidemiólogos y demás expertos tomar las previsiones técnico-médicas para que, cuando ocurra, no nos golpee, o al menos no tanto como lo ha hecho la actual. Yo, por mi parte, que lo más cerca que he estado de un laboratorio ha sido en las clases de Química del colegio, quisiera hacer observaciones muy básicas y terrenales sobre el comportamiento tan letal como brillante que ha exhibido el condenado bicho.

Y digo brillante porque este virus tiene motivos de sobra para ser el portador de la nueva corona de la comunidad real virológica. ¿Cuáles son mis razones no técnicas y quizás hasta lógicas, pero no por eso menos relevantes? Vamos por partes.

Al ser un virus respiratorio, presenta exactamente los mismos síntomas de cualquier cuadro gripal, por más leve que este sea. Entonces, ante el primer estornudo ya uno se arma todo un melodrama viral en la cabeza. No nos han dicho ni “salud”, cuando ya vamos de camino a Emergencias a hacernos la prueba “por si acaso”. O sea, puede ser un resfrío tratable con reposo y una infusión de jengibre que ya más de uno se ve encerrado en el cuarto –yéndole bien- sufriendo la cuarentena e implorando a los santos anticovid por una pronta recuperación.

Como resultado, entramos en una especie de histeria que nos hace propensos a desarrollar la modalidad psicológica del virus que, aunque no mata, puede llegar a alterar seriamente nuestra frágil psique y hacernos sentir peor de como si verdaderamente lo tuviéramos (una especie de efecto placebo a la inversa).

De repente comenzamos a sentir todos los síntomas, aunque sea un juego malévolo de nuestra mente hipocondríaca. Este es otro punto a favor del virus: la amplia sintomatología que puede desarrollar, incluyendo vómitos y diarreas. Por lo tanto, si antes perder el sentido del gusto por algunas horas no representaba mayor inconveniente –salvo no poder saborear nuestro platillo preferido- ahora sí que es una señal de alerta importante. O sea que, en cuanto a síntomas, vamos a cartón lleno y sin escapatoria. ¿Será covid o no será? Y así seguimos hasta darnos cuenta que, junto al gusto o el olfato, también perdimos la escasa cordura que nos queda. ¡Qué jodido!

Y, como si todo lo anterior fuera poco, al cabrón virus se le ocurrió darnos la estocada final desarrollando una versión reloaded indetectable: la asintomática. Y esto, a mi modesto y limitado entender, es lo peor que nos pudo haber hecho. Nada tonto el condenado. Sabía muy bien que, de lo contrario, sería fácilmente identificable, rastreable y, por ende, facilitaría las labores de aislamiento de las personas infectadas para frenar el contagio.

Entonces, en una sagaz movida, se le ocurrió que también podía manifestarse silenciosamente para que personas, sintiéndose en plenitud de condiciones, anden orondos y campantes por la calle contagiando a sus pares con tan solo hablar, reírse o silbar. Y así, ¿cómo diablos lo controlas? Nombres, no se vale. “¿Pensaron que iban a seguir la fiesta? Pues tomen pa que lleven”, parece gritarnos con una risa burlona el desgraciado, dejándonos al borde del “apague y vámonos”.

En resumen, como se dice en buen tico, el confisgado virus nos “la cuadró horrible” por todo lado: se confunde con una gripe normal, tiene una amplia variedad de síntomas, desarrolla cuadros asintomáticos y, para rematar, no hay tratamiento efectivo disponible, con excepción del uso de mascarillas, el lavado de manos, el distanciamiento y la ansiada vacuna que finalmente nos brinda un halo de esperanza.

Ojalá llegue rápido a ver si logramos vencer a este letal y nanoscópico bichito que, como vemos, no tiene un solo pelo (¿o proteína?) de tonto. Pequeñito, pero matón el condenado.

Suscríbase para tener actualizaciones

Únase a nuestra lista para recibir notificaciones sobre mis opiniones y otras lecturas de interés.

¡Excelente! Te has suscrito correctamente.