Con motivo de un viaje fallido al exterior, recientemente tuve que hacerme –por segunda vez en esta nueva era DC (después del covid)- una prueba PCR, la cual, aunque no me hace mucha gracia, ya la perdí el miedo pues, a cómo va el asunto, se volverá tan normal como ir a la clínica a tomarse la presión.

Hasta aquí, parte sin novedad. Lo curioso es que, mientras esperaba mi turno a ser nasofaríngeamente ultrajado, quise hacer gala de mis dotes de caballero, cediéndole la silla a una muchacha que, como todos los mortales ahí reunidos en la sala de espera del centro médico privado, teníamos bastante tiempo de esperar por nuestro turno.

“¿No está enfermo, verdad”? fue lo primero que me atinó a responder ante mi espontáneo acto de cortesía. A lo que, entre asombrado y gracioso, le dije que eso precisamente era lo que me disponía a averiguar, pero que yo esperaba que no, o al menos no tenía síntomas. Con una sonrisa y ya un poco más tranquilla, procedió a ocupar mi lugar, mientras, yo, intrigado, me preguntaba si en algún momento el señor Ministro de Salud había advertido de un riesgo latente de contagio por contaminación cruzada de sentaderas.

A lo que he podido indagar al respecto parece que no, pero como este maldito virus no deja de sorprendernos, un día sí y otro también, no sería raro que ahorita debamos usar también un “tapatraseros” (algo así como un pañal con triple capa protectora).

En fin, ya hablando en serio, a lo que vengo , aparte de aderezar con un poco de humor esta eterna pesadilla, es a darle continuidad al artículo que, en este mismo espacio, escribí en noviembre pasado, intitulado “Un bicho pequeñito pero matón”, en el que abordaba las desgraciadas virtudes (valga la antítesis) de un virus que nos la “cuadró” por todo lado.

“…se confunde con una gripe normal, tiene una amplia variedad de síntomas, desarrolla cuadros asintomáticos y, para rematar, no hay tratamiento efectivo disponible, con excepción del uso de mascarillas, el lavado de manos, el distanciamiento y la ansiada vacuna que finalmente nos brinda un halo de esperanza”, escribí en aquel momento, pensando que ya estábamos a cartón lleno y no había espacio para que nos siguiera sorprendiendo.

Ah pecadito, parece decirme el SARS-CoV-2, muerto de risa, al mejor estilo de Chibolo. ¡Cuán equivocado estaba! Viendo lo que se ha descubierto últimamente, he de admitir que pequé de ingenuo y me di cuenta, al igual que millones de personas en el mundo, que no se puede menospreciar el poder gigantesco y avasallador, de esta diminuta bola con picos.

 ¿A qué me refiero exactamente? Bueno, que junto a todo lo que advertí en aquel momento, hace ya seis meses, no solo se mantiene, sino que se ha reforzado y expandido, agregando nuevas características, otrora desconocidas, que ponen a prueba nuestra capacidad de asombro.

En primer lugar, justo cuando pensábamos que lo peor había pasado e íbamos a un ritmo decreciente de 500 o 400 casos diarios y una tasa de reproducción por debajo de 1, el bicho nos demostró que lo único que estaba haciendo era agarrando impulso para volver a atacar con más fuerza y letalidad, aprovechándose de no pocos incautos que comenzaban a celebrar prematuramente su falsa retirada, entre fiestas, aglomeraciones, rompimiento de burbujas y mascarillas olvidadas.

Fue así, como quien no quiere la cosa y cual evolucionado Pokémon de tipo viral, reapareció en escena para arrastrarnos inexorablemente a una tercera ola pandémica -la más cruenta de este año y tres meses de pandemia- y desatar la peor crisis sanitaria de nuestra historia, infligiendo un daño aún mayor a nuestro ya golpeado sistema de salud, a la economía, al empleo, al comercio, a la salud mental, a la cordura y a lo poco que queda de mí –como diría Ricardo Arjona- y del resto de habitantes de Costa Rica.

Otro de los nuevos hallazgos es que, en la versión reloaded del virus, cortesía de las nuevas cepas –la brasileña, la sudafricana y la británica, principalmente- descubrimos que estaba en capacidad de enfermar y a matar a los que hasta ahora parecían a salvo o menos vulnerables: los jóvenes sin factores de riesgo.

Es decir, que a la lista de “virtudes” del virus se le agregaba una más: no importa lo sano y fuerte que usted se sienta, también se puede infectar gravemente, representando un preocupante salto cualitativo en los niveles de morbilidad de la enfermedad que tiene a más de uno –yo incluido- al borde de la cuarentena obligatoria autoimpuesta.

Como quien dice, avanzamos a la etapa de democratización del riesgo o del “sálvese quien pueda”. No habíamos terminado de asimilar el trago amargo anterior, cuando la noticia de un médico que supuestamente falleció después de haber recibido las dos dosis de la vacuna, nos demostró que las sorpresitas ahora vienen en combo. No es por ahuevarlos, pero ¿se imaginan lo que eso significa? Un virus inmune a la inmunización. Diay sí, apague y vámonos.

Ignoro el resultado de la investigación originada a partir de ese suceso y si se encontró evidencia que así lo confirmara, pero, sea lo que sea y conociendo al bicho lo jugado que es, mejor no lo digo muy duro, no vaya a ser que me escuche o lea este artículo y se le ocurra convertirse en una especie de mutante nivel 5, del cual ni la vacuna ni los X-Men y Los Vengadores juntos nos puedan salvar.

Sí no, es que en buen tico y como no me canso de repetir, el confisgado nos la cuadró y nos la sigue cuadrando horrible por todo lado, catapultándonos, muy a nuestro pesar, como el tercer país con mayor cantidad de casos por millón de habitantes en América, según datos de la Universidad Johns Hopkins de Estados Unidos.

Pero, como decía el gran beisbolista Yogi Berra, el partido no se acaba hasta que se termina. Y aunque este parece estar muuuuy lejos de concluir, no perdemos la fe de que no importa cuántas veces el virus quiera reinventarse y sorprendernos, lo venceremos… aunque sea en extra innings y con 3.877 jugadores menos (al 25 de mayo). De los que quedamos, depende.

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