El tener que hacerse obligatoriamente la prueba covid antes de salir del país, para demostrar que estamos libres del desgraciado bicho y que no lo llevamos de colado en la maleta, es un requisito que, por más necesario y preventivo, no deja de ser algo ingrato y cruel.

Especialmente para los viajeros, a quienes este tipo de trámites les provoca cierta ansiedad, la cual no se disipa hasta recibir, vía correo o WhatsApp, el lacónico pero reconfortante mensaje que advierte: “negativo por la presencia del virus SARS-CoV-2.”

Antes de eso no queda más que permanecer en ascuas, ya con boleto en mano y hasta prechequeado, pero sin tan siquiera poder empezar a alistar el equipaje, a la espera de si el patógeno nos da permiso de subirnos al avión. ¡Qué jodido! Hasta en nuestros planes de vacaciones se nos vino a “pasear” el maldito entrometido.

Algo así me sentí con motivo de la prueba que tuve que realizarme para poder viajar a Guatemala. No había salido del laboratorio, mucho menos recibido el resultado, y ya la mente, inquieta como siempre, me aconsejaba cómo hacer más llevadera la cuarentena, hacía el rastreo de las últimas personas con las que tuve contacto y hasta redactó el correo de reclamo a la aerolínea para solicitar el reintegro del dinero del boleto que buena falta haría para la compra de provisiones y medicamentos de emergencia.

Afortunadamente ya las autoridades autorizaron la prueba de antígeno, reduciéndonos el suplicio de espera de 48 horas que nos significaba la PCR, a un margen de dos, que, si bien es más manejable, en la escala del tiempo psicológico viene siendo similar a la de su homóloga.

Tal vez si le hiciéramos caso a las aerolíneas y actuáramos previsoramente, practicándonos la prueba apenas empieza a correr el plazo de tres días que nos brindan para cumplirla, nos ahorraríamos más de una congoja y estrés, adicionales a las que ya de por sí implica toda la logística y temores de viajar en estos tiempos pandémicos.

Pero, como tico que se respeta deja todo para último momento, ahí anda uno al filo de la navaja y en puras carreras, buscando dónde someterse al vejamen nasal con la incertidumbre de si, horas más tarde, estará sumando millas de vuelo por todos los aires o minutos de encierro en cuatro paredes por todos los suelos.

En mi caso, a menos de un día de salir del país, apenas me dirigía al laboratorio respectivo, por lo que desconocía si mi segundo intento de volar en este año iba a ser la vencida o tendría que suspender de nuevo los planes, esta vez ya no por el inicio de la tercera ola, sino más bien por ser uno más en la lista de víctimas directas a las que revolcó sin piedad.

Con lo jugado y cambiante que es este coronavirus, lo mejor es no atenerse a una sensación generalizada de bienestar que puede resultar en un auténtico espejismo. Es que, si fuera, digamos, una prueba de VIH, siendo consciente de que se ha llevado una vida sexual responsable, puede estar uno casi 100% seguro y tranquilo de que el resultado será negativo, pero con este camaleónico enemigo que le gusta pasar inadvertido sin provocar síntomas, nunca se tiene certeza absoluta hasta tener el papelito que así lo confirme.

No quería que me pasara las de una conocida que, próxima a viajar y sintiéndose en plenitud de condiciones, recibió la inapelable noticia de que era un perfecto caso “positivo” asintomático y tanto ella, como su acompañante, debían cancelar los planes turísticos y quedarse en la casa, vestidos, alborotados e infectados. De la posibilidad de estar libres y encantados viajados por el mundo, pasaron a estar confinados sin poder salir ni a la pulpería de la esquina. Y así como ellos, muchos más se han quedado varados en sala de abordaje. ¡Una más de las miles de ingratitudes de esta pandemia!

Digamos que un poco traumado por tan amargo antecedente, no había terminado de recibir el mensaje del laboratorio, cuando yo ya lo estaba abriendo como si se tratara de prueba de paternidad. Ante la imposibilidad técnica de acceder desde el celular, dejé botado el almuerzo y hasta el partido de la Eurocopa para irme “soplado” a verlo desde mi computadora portátil, con el agravante de que, justo en ese momento (¡gracias Murphy!) se pegó la máquina y duró una eternidad en descargar el archivo.

Y mientras tanto, la mente, en confabulación perpetua con el virus, me hacía sentir carraspera, fiebre y dolor de cuerpo (covid psicológico, que llaman). Minutos más tarde, todos los síntomas, incluyendo el estrés y la ansiedad, se diluirían de improviso al comprobarlo finalmente con mis propios ojos: ¡soy negativo y podré viajar sin problema! ¿Y si se equivocaron y me enviaron el resultado de otra persona o no procesaron bien la prueba? ¡Sea necio!

Bueno, ya superado el susto, les cuento que tan ingratamente ansiosa puede ser la experiencia que, aquí estoy, casi de madrugada, a pocas horas de tener que irme para el aeropuerto, escribiendo esto a modo de terapia y desahogo, en lugar de estar preparando el equipaje para el viaje que me espera.

Por dicha esta historia cerró con un final feliz porque, de lo contrario y luego de asimilar la idea de tener que pasar la enfermedad solo, triste y abandonado (ya toda mi familia había viajado y me esperaba en Guatemala), el título de estas líneas habría sido algo así como “Un viajante frustrado y paranoico en cuarentena por salir positivo a la covid-19”.

Espero en Dios que ese cuento no lo llegue a escribir ni que usted me lo tenga que contar. Por eso, vayamos a viajar o no, a seguir cuidándonos en cuerpo y mente para no caer víctimas de esas diversas rumiaciones pandémicas que tanta mella hacen en la frágil salud mental colectiva y para las cuales no hay vacuna más eficaz y segura que la de pedir ayuda profesional. De ser necesario, ¡por favor no tengamos miedo ni vergüenza de hacerlo!

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