De las fotos que no pueden faltar en las redes sociales de un tico, como la del primer tamal de diciembre, la ida a la playa en Semana Santa o la excursión con los compas a Cerro Pelado, hay otra que, en estos convulsos tiempos de pandemia, se ha incorporado a la lista de “momentos Kodak pa´l fais”: la de la vacuna.

Ya sea del momento histórico del piquetazo o de la tarjetica amarilla “de última tecnología antifraudes” que entregan a posteriori con el sello de la CCSS, la imagen de rigor para inmortalizar semejante hito histórico debe aparecer en el feed o como mínimo en la historia de cualquier costarricense y ciudadano del mundo que se respete, junto a los hashtags #vaccinatedandhappy #fuckcovid o, en el caso nuestro, #finallyvaccinated

No vengo aquí a juzgar a los que así procedan (es probable que hasta yo lo haga cuando me toque… algún día), solo me limito a evidenciar un hecho que, sin afán de elogiar o censurar, me parece curioso y muy propio de esta nueva era de la carrera mundial por la inmunidad de rebaño.

Sin ser sociólogo pandémico, a mi humilde y limitado entender, el acto de tomarse una foto vacunándose se ha convertido en un desahogo o una ansiada catarsis frente a la opresión a la que nos ha sometido este desgraciado patógeno desde su nefasta aparición, a finales del 2019.

Una clara manifestación colectiva de esperanza de que, tarde o temprano, lograremos vencer a este supervillano que nos ha puesto de rodillas a morder el polvo como nunca antes en nuestras existencias. Si hay algo que necesitamos en medio de la adversidad, es un hilo de fe y optimismo del cual podamos asirnos para no caer en el abismo de un pesimismo extremo o una histeria colectiva que puede resultar más letal que el propio bichito.

Y si la bendita fotografía viene a cumplir ese papel, entonces que siga siendo trending topic en redes sociales por tiempo indefinido. Prefiero, mil veces, ver la misma escena de la persona siendo inmunizada, que las publicaciones, no menos virales, de personas lamentando la pérdida de un ser querido o sufriendo los efectos devastadores de la pandemia que llenan de impotencia y conmueven hasta las lágrimas.

Que las de gente feliz y agradecida por recibir la vacuna superen y por mucho a las de personas enfermas postradas en una cama, de gente desesperada clamando por un tanque de oxígeno, de cadáveres apilados en fosas comunes, de servicios médicos colapsados y sin insumos para brindar una digna atención a los pacientes. Que la alegría y alivio que irradia cada ser humano debidamente inoculado doblegue y opaque el dolor, llanto y desolación por el recuerdo de quienes no pudieron ser inmunizados a tiempo.

Nunca antes, en tiempos recientes, un biológico había recibido tanta atención social y mediática. De repente, todos, o al menos la mayoría –hay que descontar a los conspiradores antivacunas- recobramos consciencia de la importancia de lo que significa e implica estar vacunado.

Hace algunos meses, en lo que yo he denominado la era AC (antes del covid) si acaso era considerado un mero trámite que, por ley, debía ser aplicado a los recién nacidos para que no contrajeran sarampión, tuberculosis o difteria, entre otras enfermedades que forman parte del esquema obligatorio de vacunación. Un ejercicio de prevención, tan necesario como valioso, pero que con costos importaba a los papás, a la clínica local y al pediatra en cuestión (excluyo al paciente que ni uso de razón tiene ni tampoco le preguntan si se la quiere aplicar o no).

Algo similar ocurre con la vacuna contra la influenza, por ejemplo. Si bien debe renovarse cada año, de acuerdo a la nueva variante del virus, mucha gente –yo incluido- olvidaba aplicársela o del todo la ignoraba y prefería jugársela a punta de vitaminas, tés de jengibres y remedios caseros.

Aunque esta enfermedad también puede llegar a matar (ya lo vimos en la pandemia del 2010) nunca fue tan letal y tristemente célebre como la que provocaría su pariente cercano diez años más tarde. Por ende, si alguien se vacunaba contra la influenza era un hecho normal circunscrito a la intimidad de un consultorio o la esquina de una farmacia, totalmente alejado de los reflectores, cámaras y celulares para inmortalizar un procedimiento médico habitual que, a nadie, salvo a algún ser extraño exhibicionista, le preocupaba documentar, mucho menos subir a redes.

En cambio, con la covid-19, todo esto de la vacunación ha escalado a un nivel de exposición y trascendencia totalmente impredecibles. ¿O me van a decir que ustedes hace algunos meses, en sus infalibles bolas de cristal, vaticinaron que iba a haber gente haciendo turismo de vacunas y gastando no pocos dólares en un viaje a Estados Unidos para inmunizarse y de paso contribuir a reactivar economías ajenas? No, si es que la vacuna, bien vale un viaje a Miami o Las Vegas para estrenar anticuerpos comprando en el Dolphin Mall o apostando en el Bellagio.

Hoy las campañas de vacunación contra la covid se han convertido en todo un acontecimiento que, junto a la polémica, reflexiones e incendiarios debates, han llegado rodeadas de solemnidad, simbolismo y, por supuesto, la sesión fotografía de rigor para el recuerdo. Como bien dijo un amigo, precisamente en una publicación con motivo de la aplicación de si primera dosis, si no hay foto, la vacuna no funciona igual. ¿Será? Si fuera así, no saben cuánto me complace saber que la vacuna es a la altura del antebrazo y no, como otras, que se inyectan en zonas posteriores más carnosas, privadas y no siempre fotogénicas.

Bromas aparte, de lo que lo que sí parece haber evidencia es que hoy incluso la gente con fobia a las agujas está esperando su turno para ser llamada, o bien, reunir los recursos para viajar a vacunarse al exterior. Lo que suceda primero. Hasta los que somos sanos y sin factores de riesgo –algo que al inicio de la pandemia era una ventaja- hoy vemos como no lo es tanto y, más bien, es la excusa perfecta para que nos dejen de último en la lista rezando para que algún día nos llamen y no para avisarnos de que ya se acabaron… y que mejor suerte a la próxima.

Ya eso sería lo último que nos faltaba. Y aunque, como lo he dicho hasta la saciedad, en esto las reglas del juego cambian a la velocidad con que se disemina el virus, confío en que al final todos podamos unirnos a la moda de las “covidselfies”, como prueba gráfica irrefutable de que finalmente logramos vencerlo. Paciencia y a ensayar nuestra mejor sonrisa –a pesar de la mascarilla – para cuando llegue el momento del más esperado “clic” de la era pandémica.

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