Crónica de mi experiencia en la campaña de vacunación contra la covid-19

Tan rápido avanzaba la aplicación de vacunas en los últimos días que, a falta de la mía, ya me sentía como un bicho extraño, retrocediendo al inicio de la pandemia.

A los ingratos días aquellos de cuarentena en que veían con ojos de espanto, cual zombie de Walking Dead, al que osara salir a la calle –transgrediendo el sacrosanto llamado a “quedarse en casa”- o al que se subiera con un ataque alérgico de tos a un bus atestado de pasajeros en plena hora pico.

Con la diferencia que ahora no sería juzgado ni censurado por no portar mascarilla o una botellita de alcohol en gel, sino por algo que, en la carrera por la inmunidad de rebaño, resulta mucho más grave: el carné de vacunación (el famoso y “tecnológico” cartoncito amarillo).

Por eso, no conforme con el “no nos llame, nosotros lo llamamos”, que me espetaron en mi última gestión de lobby pro vacuna que hice en la clínica de la CCSS, mejor me fui a probar suerte a alguna de las campañas abiertas masivas de la semana pasada para los mayores de 30 años.

Renuente a ser visto como un rebelde negacionista y miembro honorario del movimiento nacional MQMC (Mirala que me chuceo, por sus siglas en pachuco), me fui raudo y veloz hasta el Walmart de Tibás, dispuesto a hacerme con una de las 700 dosis previstas para el pasado martes.

Apenas ingresando al estacionamiento por la entrada posterior, ubicada diagonal a la línea del tren, me invadió un cauteloso optimismo. Había relativamente poca gente. Eran las 10 30 a.m. y, según yo, había llegado temprano. Me apuro a parquear e, ignorando donde empezaba y terminaba la fila, sigo a una pareja que resultó igual o más perdida que yo.

Le preguntamos a un empleado y nos manda a salir del supermercado por el acceso principal del extremo opuesto. Algo no me olía bien. Sigo la marcha y me topo a un oficial de seguridad indignado porque un desesperado transeúnte le ofreció 5 mil colones para que lo colara. Ya para entonces, no había dudas. Salgo y lo confirmo de inmediato.

Campaña de vacunación en Walmart, Tibás.

Vuelvo a ver para atrás para compartir mi pesar con la pareja que me acompañaba y ya se habían devuelto, resignados. Todo resultó en un espejismo. Lo que había visto a mi ingreso, era una ínfima parte de la kilométrica fila que se extendía varias cuadras hacia el sur, bordeando la línea del tren. Imposible, ya no agarraba ni la repela. “Nosotros llevamos casi cinco horas aquí”, me advierte un muchacho para terminar de ahuevarme.

Tomo unos videos como constancia de que hice el intento (tal vez el virus los vea y se compadezca de mi) e ingreso de nuevo al supermercado, para abordar mi carro de regreso a casa, no sin antes, entre frustrado por mí y feliz por la gran cantidad de personas que vi, hacer unas compras para el almuerzo y así poder alegar en mi defensa que el viaje no fue en vano.

Convencido de que a la segunda sería la vencida, asistí, al día siguiente, a la campaña de vacunación del Hospital México, en el INA de La Uruca. Eso sí, esta vez no me pasaría lo mismo y antes de las 7 a.m. (para los noctámbulos como yo eso es madrugar) estaba haciendo fila, armado de fe y mucha paciencia.

La cola, de tal vez unos 400 metros de la entrada principal de la institución, ubicada al frente del Parque de Diversiones, era encabezada por unas personas, demasiado previsoras, locas o con problemas de insomnio, que acompañaban al oficial de seguridad desde las 3 a.m.

“Esta vez me vacuno porque me vacuno”, me repetía a manera de consigna automotivadora, mientras me divertía viendo las particulares formas de matar el tiempo de la gente. El señor frente a mí, en apariencia aficionado al deporte, a juzgar por su atuendo de pants y camiseta del equipo de fútbol de Estados Unidos, se la pasó haciendo ejercicios de estiramiento, como si estuviera a punto de saltar a la cancha. Otros, los que iban bien acompañados, preferían paliar el frío a punta de abrazos y chineos hacia su pareja. Los que andábamos solos con nuestra soledad no teníamos más opción que distraernos con el celular, comer algo rapidito (para que no nos regañaran por quitarnos la mascarilla) o sentarnos en el piso para disimular el cansancio de piernas viendo pasar el tiempo, como en la puerta de Alcalá.

En mi caso, he de confesar que se me pasó volando y resultó, más bien, un espacio agradable, productivo y de amena socialización. En las cuatro horas que estuve ahí, me dio chance de escuchar un audiolibro, atender algunos asuntos laborales por WhatsApp, escuchar música y unos videos de crecimiento personal (tan necesarios en esas circunstancias), y hasta tertuliar con mis compañeros de fila, entre los que me encontré a mi amigo y músico Abel Guier (bajista de Gandhi), con quien conversé amenamente sobre música y literatura.

Con el señor que iba atrás mío abordé el tema obligatorio de rigor que nos convocaba. “Un amigo estuvo en Cuidados Intensivos y en pocos días vio morir a más de 20 personas”, me comenta con dolor. Recibo la llamada de un conocido que, al contarle, donde me encontraba, me dice, no con menos tristeza, que, durante este año, ha dado más pésames que en todo el resto de su vida. No me extrañó en lo absoluto. Afortunadamente, quienes estábamos ahí reunidos, más otros miles que, en otras partes del país, también participaban de esta especie de jornada patriótica nacional por la vida, estábamos a punto de asestarle un duro golpe al despiadado enemigo.

La fila avanza cada vez más rápido. Con mi fecha 433 en mano, estaba a punto de que llegara mi turno. El silencio imperaba. Ya pocos hablábamos, quizás por el cansancio, la emoción, el temor o todas las anteriores juntas. Ojalá no nos salgan con que hubo un mal cálculo y ya se acabaron o que, como buenos burócratas, tienen que hacer una pausa de una hora para almorzar.

Me reprendo por esos malos pensamientos y agradezco que no ocurrió nada fuera de lo normal. Más bien, todo el equipo médico y de apoyo presentes en el sitio se portaron a las mil maravillas. Muy amables y considerados. Hasta agua y galletas nos dieron que, a falta de más provisiones, nos ayudaron a recuperar energías de cara a la recta final que se avecinaba.

Terminaba de digerir mi merienda cuando un “pase, por favor” interrumpe mis cavilaciones. La hora cero había llegado. Ingreso a la mesa de registro, presento la cédula, suministro mis datos personales y me piden pasar al vacunatorio 5, donde una simpática enfermera me recibe con un caluroso saludo, como si fuera el primero en atender.

Me brinda unas indicaciones generales que no recuerdo y me muestra el frasquito de Pfizer con el preciado líquido. Respiro profundo, me alzo la manga izquierda de la camiseta y ¡chas!  ¡Siiiiiii! Al fin, vacunado. Le agradezco a ella, a Dios y a la CCSS. Me muestra la jeringa para cerciorarnos que efectivamente se aplicó y que ella no era como aquel sinvergüenza que solo hacía la pantomima.

Todo fiebre le pregunto si puedo hacer ejercicio. “Por hoy, no”. Me levanto de la silla como niño regañado y de la emoción o los nervios olvido mantener presionado el algodón sobre el hombro. Casi se me cae. Vuelvo a colocármelo y me dirijo a la salida, donde una funcionaria revisa el cartoncito amarillo y me invita a esperar 10 minutos en el toldo de recuperación, por aquello de algún efecto secundario. ¿Qué son 10 minutos a la par de cuatro horas? Aliviado, aprovecho para tomarme la “covidselfie” y subirla a mis historias de Instagram, porque, como bien saben, según dicen las malas lenguas, si no se postea, no sirve.

Ya afuera del centro de vacunación, y padeciendo unos leves retortijones, más por efecto del hambre que de la vacuna, me entretengo con las historias del guachimán, mientras llegan a recogerme. “Esto ha estado buenísimo, por día, yéndome bien, hago hasta 40 mil colones”, me cuenta orgulloso. Ya ven como no solo las farmacéuticas se benefician con las vacunas.

Me despido del laborioso hombre, deseándole suerte para lo que resta de la jornada. “Finally, I got vaccinated” le digo a mi papá apenas me subo al carro. Ahora que lo pienso, ni idea de por qué lo dije en inglés. Ha de ser el único efecto, aparte del dolor de brazo, que me provocó ser parte de los beneficiarios de la generosa donación del Gobierno de Estados Unidos. ¡Thanks Mr. Biden!

De regreso a casa, al mediodía, observo a muchas personas aún esperando su respectiva dosis. Primera vez que me alegraba una aglomeración en tiempos de pandemia. La fila seguía larga, pero la meta hacia la derrota del coronavirus la pude ver cada vez más cercana.

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