En estos tiempos no hace falta viajar junto a un miembro de Al Qaeda para sentir la muerte cerca. Hay algo que puede sembrar más terror que un equipaje de mano cargado de explosivos o un chaleco con temporizador y cables conectados a una batería.

Una simple y otrora inofensiva mascarilla desajustada –puntos extra si va acompañado de ataques de tos por parte del portador – hoy es vista con el mismo nivel de recelo y preocupación que un maletín sospechoso en los jardines de la Casa Blanca.

Días atrás, en el avión de regreso a Costa Rica, procedente de Guatemala, un pasajero de adelante, se “tiró” la hora y cuarto de vuelo con la mascarilla a medio poner, casi a modo de babero, tapándole con costos la boca y dejando toda la nariz al descubierto. Sin exagerar, en este contexto y más en un espacio confinado como un avión, eso equivale a cargar un arma letal de contaminación viral masiva.

“Y lo peor es que lo ven y no le dicen nada”, le comento a mis acompañantes, en calidad de reclamo, por la negligencia e indiferencia mostrada por las aeromozas que se preocupan mucho porque el bolso vaya debajo del asiento o que el respaldar esté en posición vertical, pero se niegan a corregir la falta grave y potencialmente criminal de uno de sus pasajeros.

Más le vale que este miembro honorario del séquito trasnacional “cuál pandemia”, no se digne en voltearse para atrás, mucho menos hablarme –pensaba en mis adentros- porque ahí sí no titubearé un segundo en ponerlo a él y su mascarilla en su lugar, por más mal que le caiga y me madree todo. Digo, es mejor eso, a que todos salgamos contagiados por semejante “singraciada”.

Y lo peor es que su novia o esposa, al parecer mucho más responsable que él (sí portaba la mascarilla de manera correcta) tampoco se dignó en todo el vuelo a llamarle la atención o entre chineos y arrumacos subírsela un poco, como un acto de amor hacia su pareja. En fin, lo cierto del caso es que llegamos a Costa Rica y el hombre nunca le dio la gana acomodarse la bendita mascarilla y tampoco nadie se lo hizo ver (asumo mi responsabilidad).

Ojalá que ni él, su pareja ni nadie más en ese vuelo haya salido infectado debido a un cubrebocas mal puesto. ¿O será que se tomó literal lo de cubrebocas y no sabía que también se usa para tapar la nariz? Habrá, entonces, que empezar a vender cubrenaricesybocas a ver si acaso algunos toman un poco más de conciencia.

Dirá más de un estimable lector que ya el coronavirus afectó mi estabilidad emocional y me tiene al borde de un brote, si no de covid, de psicosis hipocondríaca pandémica. Pero la verdad es que no es la primera vez que me ocurre. En un vuelo anterior, a finales del año pasado, cuando el Sars-CoV-2 acechaba a sus anchas, viví una situación similar con otro “cuál pandemia” que, movido por la sed o las ganas de llevar la contraria, pasó varios minutos sin mascarilla, tomándose su refresco tranquilamente y –disculpen la asquerosidad- hurgándose la nariz con los mismos dedos de la mano con la que anteriormente había tocado todas las superficies contaminadas del aeropuerto y del avión.

Es por esos pequeños descuidos, en apariencia aislados e insignificantes, pero que sumados se convierten en una bomba de tiempo, que se presentan picos de infecciones. ¿Se imaginan si todos los ocupantes de un vuelo actuáramos bajo esa misma perniciosa mentalidad del “porta a mi”? No habríamos terminado de desembarcar cuando ya vamos todos, piloto y copiloto incluidos, directo y sin escalas a purgar cuarentena por culpa de inescrupulosos que no saben que la mascarilla es para usarla correctamente, sea en el aire o en la tierra.

Este es tan solo uno de los riesgos, chispas y colerones del oficio de viajar en tiempos de pandemia. Cada imprudente y que se topa uno que hasta dan ganas de tirarlo por la puerta de emergencia. Diay, si no le importa morirse de covid, ¿por qué habría de hacerlo arrojándose desde un avión a 42 mil pies de altura?

Dentro de ese mismo selecto club de supercontagiadores negacionistas, temerarios o simples despistados (todos igual de peligrosos) entran también los pasajeros, amantes de la vida estrecha que, en la fila del counter del aeropuerto, tal vez les entra el frío y se le arriman a uno buscando calor corporal o unas cuantas partículas gratuitas de virus. O los que, en la sala de abordaje, tampoco nunca entendieron el significado del distanciamiento físico y demuestran que puede más el cansancio o el sueño que la prohibición de sentarse en las sillas marcadas con una gran “X” roja.

Solo por citar dos de los más claros ejemplos de faltas a las medidas preventivas sanitarias que he observado en los únicos dos viajes que he realizado durante los dos años de pandemia que llevamos. ¿Cuánto tiempo más falta, por Dios? La variante Delta no nos permite ser muy optimistas.

Pero bueno, esa es historia y tema para otro artículo. De momento, me alegra y alivia que, pese a la imprudencia de terceros y los riesgos que implica viajar en esta época, afortunadamente no me he traído el coronavirus colado en la maleta ni en mi organismo.

Sin embargo, no creo que todos los viajeros hayan corrido con la misma suerte. O han salido contagiados, como muchos de los aficionados que asistieron a los partidos de la Eurocopa, o, como mínimo, en sus periplos, han visto imprudencias iguales o peores a las que yo he presenciado durante mis viajes aéreos en tiempos de covid.

Si usted es uno de ellos, cuénteme cuál es la más grave que ha atestiguado o (por qué no) cometido antes, durante o después de un vuelo. Tal vez si las visibilizamos, ayudemos a prevenirlas, por el bien de los pasajeros, la tripulación y de todas las personas dentro y fuera de los aviones.

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