Dicen que en el amor y en el cine, las segundas partes nunca son buenas. En lo primero no me consta; en lo segundo, después de haber visto películas como la secuela del Padrino, El Silencio de los Inocentes y Batman: El Caballero de la Noche, lo pongo seriamente en duda.

Otra razón para cuestionar la veracidad de tal afirmación, la descubrí, la semana pasada que me tocó ir a completar mi esquema de vacunación contra la covid-19, a la campaña del Hospital México, en el INA, en La Uruca.

Aunque la primera vez me fue bastante bien, en comparación con otros que vivieron una novela de no dos, sino de varios capítulos (madrugadas ingratas, más de siete horas de fila, aglomeraciones y otras yerbas derivadas de las famosas “vacunatones”), he de admitir que mi segunda y última visita derribó, y por mucho, mis pesimistas expectativas iniciales.

Tras la respectiva madrugada (llegué antes de las 7:30 a.m. y sí, eso es madrugar para mí), preparé full refrigerio, botella de agua y bloqueador solar. Y de todo lo anterior solo el agua me fue de utilidad, porque ni siquiera era media mañana y yo ya venía de regreso para la casa, mostrando orgulloso mi cartoncito amarillo con las dos dosis de rigor.

Para no hacerles larga la historia, les puedo decir, por más curioso que suene, que la experiencia con la segunda vacuna fue como la primera, pero dividido entre dos (para hacer honor al número de la dosis que me correspondía).

Es decir que, pese a que esta vez llegué un poco más tarde, la verdad es que fue lo mismo que mi visita del 27 de julio, pero reducida a la mitad en todos sus aspectos y alcances.

No sé si estoy hilando muy fino o de repente me volví un tanto cabalístico, pero me explico a continuación para que juzgue usted si tengo razón o si, por el contrario, ya estoy loco de atar, lo cual, sinceramente, después de año y medio de pandemia, tampoco me extrañaría.

En primer lugar, no más entrando, noté que la fila era la mitad de larga; mientras esperaba en ella pude hacer la mitad de cosas que hace dos meses (si acaso leer un poco y escuchar música) y en toda la vuelta, desde que llegué hasta que me vacunaron, duré solo dos horas, la mitad del tiempo que duré en mi primera cita con el aguijonazo más preciado de esta ingrata época. O sea, mitad, mitad y mitad…

Lo que sí rompió con la regla –y me alegro por eso – fue la fila de primeras dosis, la cual más bien se duplicó, demostrando un claro interés de la mayoría de ciudadanos por inocularse, aunque les agarrara tarde, les costara convencerse de sus bondades o tuvieran que pensarlo dos veces a causa de tanta desinformación que circula al respecto.

Pero bueno, como dice un dicho que me acabo de inventar, más vale tarde vacunado que nunca recuperado. En buena hora que ya estén aplicando aquella máxima que, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma… a la feria del agricultor, a la iglesia, o los barrios, tocando puertas casa por casa. ¡Bien por ello!

Volviendo a mi segunda dosis y para seguir con el cuento de las mitades, hasta los efectos secundarios disminuyeron a la mitad; es decir me dolió mucho menos el brazo, no así el sueño que en lugar de dividirse se multiplicó por dos al día siguiente (casi me duermo, como un chiquito, sentado en la silla de mi barbero).

Pensándolo bien, debería ir considerando seriamente en jugar algún número terminado en 2 en los “tiempos” o en el próximo sorteo del gordo navideño. Como que el numerito me está dando señales por todas partes. ¿Será un guiño de buena suerte? Mientras no me pase como en la canción de Bronco, “Dos mujeres un camino”, todo bien.

En toda esta historia, el único lugar que no cabe el bendito número, aparte de la fila de los primerizos mencionada anteriormente, fue en lo que respecta a las consultas. Tuve que preguntarles a cuatro funcionarios distintos para que alguien finalmente me diera razón sobre si un familiar, vacunado en un centro de salud rural, pero radicado en San José, podía irse a vacunarse al INA.

Aunque, ahora que lo pienso, 2×2 es igual a cuatro, así que tampoco estoy tan lejos de mi cábala “vacunística”. Solo me falta ganar una partida de bingo con el par de patos. Ya eso sería el colmo.

¡Uy no! Como que este asunto me está dando miedo y, aparte, ya voy por la segunda página de este artículo (la mitad de la extensión del comentario sobre la primera vacuna), por lo cual mejor voy concluyendo para no obsesionarme demasiado con el bendito número que hasta en la sopa me sale.

Lo único que espero, a manera de final feliz de esta numerológica anécdota, es que no se me reduzca a la mitad el efecto de la vacuna porque, entonces sí, como diría mi abuela, nos “paseamos” en la olla de leche… y por partida doble.

Ojalá no sea el caso y usted que me lee, si no se ha vacunado, no espere que lo llamen dos veces y si ya lo hizo dese a la tarea de convencer, como mínimo a dos conocidos reacios, para que hagan lo propio y así poco a poco nos convirtamos en pastores de las ovejas descarriadas que nos impiden llegar a la ansiada inmunidad de rebaño.

Es la única esperanza que tenemos para acabar con esta pesadilla. El coronavirus no es de dar segundas oportunidades ni de atacar a medias.

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