Foto: Cortesía de FEDEFUTBOL

Ya perdí la cuenta si es la tercera, la cuarta o la quinta, ¿pero será que esta vez sí será la vencida? ¿O será otro de sus habituales y odiosos alegrones de burro… o de virus?

Lo digo porque después de casi dos años de pandemia, ya uno como que está medio disociado y cuesta un poco discernir entre la realidad y la ficción, siendo esta última, en ocasiones, mucho más benevolente que la primera. 

Empero, repasando reiteradamente (por aquello de las dudas) las noticias de los últimos días, como que el ambiente, aparte de vientos alisios y luces multicolores, se va tiñendo de esperanza y un sano optimismo.

¿Será que finalmente le estamos ganando la batalla al enemigo? ¿Estaremos a punto de despertar de esta amarga y agónica pesadilla? Les juro que no habría nada que me alegrara más que semejante anticipo del regalo navideño. No saben con cuánta intensidad deseaba que llegara el día de poder escribir algo así.

Motivos de sobra hay para pensar que ahora el asunto sí va en serio: baja en los números de los reportes epidemiológicos, la finalización de la restricción diurna y de los fines de semana, un eventual regreso del público a los estadios, aumento en los aforos de comercio y turismo, entre otras buenas nuevas, que nos pintan un panorama claramente mucho más prometedor para la recta final del año.

Que se cristalice o no depende de cada uno de nosotros y nuestro nivel de sensatez y prudencia. Recordemos que no sería la primera vez que Mr. Sars-CoV-2, en su infinita capacidad de reinvención, nos agarre de majes, mostrando aparentes signos de retirada que, en lenguaje virulento, se traduce en un letal “abran campo que solo estaba agarrando impulso”. Para muestra, la segunda, tercera y cuarta olas.

Confío que la quinta mala no llegue y que todos los ingentes esfuerzos individuales y colectivos para mantener el bicho a raya rindan frutos y podamos, por fin, ver la luz a final de este estrecho y extenuante túnel.

Si ya el año pasado, Noche Buena nos sorprendió con la ansiada llegada de las primeras vacunas, quién dice que este año, no pueden igualarnos o mejorarnos el obsequio respectivo, concediéndonos la posibilidad de celebrar la época bajo un manto de relativa nueva normalidad, entre danzas (no martillos), cánticos y abrazos.

Mejor regalo, ¡imposible! No sé si este año nos hemos portado lo suficientemente bien (tal vez algunos), pero en lo que estoy claro es que todos ya hemos sufrido demasiado como para que desde el Polo Norte no nos concedan tan ansiada dispensa. ¡Se imaginan la felicidad y alegría que eso implicaría para este sufrido país!

Podré estar pecando de un exceso de optimismo o ingenuidad, pero es la primera ocasión, en lo que llevamos de esta eterna pandemia, que realmente me siento que estamos a punto de vencer a la covid-19. Casi el 88% de la población meta con al menos una vacuna, una proyección de 200 hospitalizados en dos meses y una tasa R con tendencia a la baja (0,81), según el último reporte del Centro Centroamericano de Población de la UCR.

Si bien estos indicadores son reflejo de que vamos por buen camino, no podemos olvidarnos de lo esencial en el combate al virus y caer en un nocivo sentido triunfalista que nos haga retroceder a extremos no deseados.

Es precisamente en estos momentos en los que debemos redoblar esfuerzos, siendo conscientes y responsables de lo que está en juego. No podemos descuidarnos ni lanzar las campanas al vuelo. Bien lo expresaba Sun Tzu, en el Arte de la Guerra, hay que reflexionar deliberadamente antes de hacer cualquier movimiento.

De ello depende el lograr pasar un diciembre más relajado y con mayores libertades, o iniciar el 2022 con el pie izquierdo, a las puertas de una cuarta ola y pagando con nuevas restricciones el alto precio de la irresponsabilidad de pensar y actuar como si ya todo se hubiera terminado.

Lo peor que puede pasar es que el enemigo, debilitado, pero siempre al acecho, nos sorprenda desarmados y con la guardia baja, lo que, traído al contexto actual, equivale a andar aglomerados, sin mascarilla y con las manos sucias.

Ya sabemos las consecuencias de esos actos de negligencia y, definitivamente, no estamos para eso. Ni la economía, ni el empleo, ni nuestra –escasa- cordura lo aguantarían. Es mucho lo que hemos logrado y avanzado como para volver atrás, dejándonos arrastrar por las imprudencias, despistes y excesos típicos de la época decembrina.

No voy a jugar aquí de aguafiestas ni de puritano, prohibiéndole a todo mundo que celebre o que se reúna con sus seres queridos (si con costos le hacemos caso al Ministro de Salud). Está bien, celebremos y aprovechemos que, al parecer, ya vamos en franca desescalada, pero hagámoslo de manera juiciosa, sensata y responsable.

Solo así podremos lograr que esa positiva premonición y reconfortante corazonada que dio pie a este artículo, se convierta en una feliz y palpable realidad. Sin duda, el mejor de los propósitos que como sociedad podríamos trazarnos para iniciar positivos el 2022, al calor del ansiado y cada vez más cercano grito de victoria de estos tiempos pandémicos: ¡Lo vencimos!

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