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Este blog nace como un espacio alternativo para compartir conocimientos, intercambiar criterios y debatir ideas sobre hechos de actualidad y de comunicación. Si ingresó, le advierto que lo hace bajo su propio riesgo. Lo que aquí hago es opinar sobre diversos temas de interés. No para quedar bien con nadie, –entiéndase ideologías, partidos políticos, religión, sectores económicos- sino como un ejercicio muy íntimo de desahogo y reflexión que decidí compartir con ustedes.

Que estén de acuerdo o no, es lo de menos, con solo que se tomen el rato para leerme, me declaro por satisfecho. El que hablen de mí y de mis artículos, ya sea bien o mal, será la mejor retribución que pueden darme. Al final de cuentas, polémica y opinión siempre irán de la mano.

MI OPINIÓN

Así viví –y sufrí- mi ansiado regreso a los estadios

Así viví –y sufrí- mi ansiado regreso a los estadios

Aunque como buen tico, me declaro aficionado a la Sele, reconozco que no lo soy tanto de ir al estadio a apoyarla. Es más, ni siquiera de ver los partidos en un bar, restaurante o cualquier lugar público de afluencia masiva de personas.

Siento que, por la bulla, el movimiento constante de la gente, y demás elementos distractores, no se disfruta igual, aparte de que se corre el riesgo que, por llegar tarde o no reservar a tiempo, le toque a uno ver la mejenga en media calle, a la par del guachimán y con una gran columna de cemento atravesada en el puro centro de la pantalla.

Entonces, la vedad es que mejor no le doy gusto a Murphy y, aunque sea solamente acompañado de una cervecita y unas bocas, prefiero quedarme en la tranquilidad de mi casa, observando el encuentro desde mi palco preferencial –entiéndase, el sillón de la sala- que nadie, a excepción de mi perrita, me puede arrebatar a la hora decisiva.

Así me ocurre no solo con la Sele, sino también con los partidos de mi querido Deportivo Saprissa, que demandan toda mi concentración y atención plena, lo cual, fuera de mis cuatro paredes, se me dificulta lograr –distraído que es uno-, por más que mis detractores aleguen lo contrario y afirmen, en su defensa, que nada como la algarabía colectiva que, tanto los bares como el estadio, propician para un mejor disfrute de las emociones futboleras.

No sé qué habrá sido –tal vez un daño colateral del prolongado confinamiento- pero, después de un año y ocho meses de no salir tan siquiera a ver una mejenga en La Sabana, recientemente, me entraron de improviso unos deseos incontrolables por volver al estadio, luego de mi última vez, allá por el año 2016, en la eliminatoria del Mundial de Rusia 2018.

Así que, sin pensarlo mucho –antes de que se me saliera el ermitaño futbolístico que llevo dentro- me fui, carné de vacunación en mano y mascarilla en boca, junto a unos familiares y amigos, a presenciar en vivo y en directo el partido contra Honduras, en el Estadio Nacional.

Al llegar, me llamó la atención la gran cantidad de aficionados, con banderas y hasta mascarillas tricolores, apostados en las afueras del reducto, a la espera del ansiado ingreso, demorado más de lo previsto, debido a los protocolos de bioseguridad exigidos para la ocasión: esquema completo de vacunación –verificable en código QR o carné-cédula de identidad, mascarilla y, por supuesto, la entrada electrónica oficial.

Finalmente, tras superar todos los filtros y corriendo para no llegar más tarde (el partido llevaba casi cinco minutos de iniciado), nos dirigimos hasta el sector oeste, donde nos esperaban nuestros tres asientos en burbuja, debidamente demarcados y separados del resto con cintas amarillas.

Ya cómodamente ubicado en mi butaca, he de admitir que no me llevé la mejor de las primeras impresiones de un partido en época pandémica. Ver un estadio tan grande, tan vacío –aforo limitado a poco más de 8.700 personas-, fue algo triste y desconcertante para uno que venía acostumbrado a observar, en cada juego de la Tricolor, graderías a reventar, plagadas de luces, humos multicolores, música, mantas gigantes y demás ingredientes propios de una fiesta deportiva.

Pude notar que, incluso, el comportamiento de la gente no es el mismo. Como que cuesta entrar en calor y confianza. Tal vez era una suerte de efecto intimidatorio al ver el recinto a un 25% de su capacidad o que las voces individuales se perdían en la inmensidad del coloso –y de la noche-, pero, la gran mayoría, se mostraba preocupantemente comedida en sus actos, palabras y ademanes.

Ahora que lo analizo con calma debe ser una consecuencia lógica de la psicología de masas o de la ausencia de ella. Ya saben, no es lo mismo cantar, abuchear, chiflar y madrear a estadio lleno, donde los actos personales se diluyen con los de la multitud que hacerlo entre cuatro guatos, cada uno de ellos perfectamente aislado, identificable y sin derecho a “quitarse el tiro”, acuerpado por una turba ferviente.

Además de que eso de estar gritando o cantando a rostro cubierto, si bien puede que dificulte un poco las labores de identificar al infractor, por otro lado, no debe ser ni muy cómodo ni muy higiénico tampoco, salvo que a cada aficionado o, al menos, a los más apasionados, se le exija portar una caja competa de mascarillas para cambiarlas cada 10 minutos ante el exceso de humedad salival acumulada con cada grito de gol, madrazo al rival o reclamo al árbitro.

Más de uno, en su afán de hacerse escuchar, optaba por la vía fácil y simplemente se bajaba un poco el cubrebocas para soltar el epíteto respectivo a fin de que viajara libre de atenuantes hasta los oídos de su destinatario final. Lo malo es que, no han terminado de hablar, cuando alguno de los celosos guardianes de la salud que, implacables, pululaban por todo el lugar, llegaban a recodarle con vehemencia los protocolos, refrenando los impulsos del susodicho de no solo quitarse la mascarilla, sino también arrojársela al árbitro (ya saben, mascarillas con babas, en lugar de bolsas de orines, una práctica mucho más letal y acorde a los tiempos modernos).

A lo que pude percibir al final del partido, poco faltaba para llegar a esos extremos, aunque, esta vez, el responsable del malestar generalizado era más bien el técnico nacional, a quien, al grito de “Fuera Suárez”, responsabilizábamos del pobre desempeño del combinado patrio.

En esas estábamos, cuando, minutos más tarde, ya en tiempo de reposición, en una jugada a base de coraje y hormonas, pasamos de la indignación al éxtasis, olvidando los otrora reproches y desatando, en su lugar, una locura colectiva que hizo retumbar al estadio como en sus mejores tiempos de máxima capacidad.

Fue, quizás, el momento más normal y nostálgico del partido. Como si la pandemia se hubiera acabado de repente con ese certero y agónico cabezazo de Gerson Torres. No hubo restricciones ni distanciamiento que valiera. Choques de mano y de puños, abrazos entre desconocidos, gritos liberadores, brincos de felicidad… en fin, un júbilo desbordado como hace tiempo no vivíamos.

¿Habrá sido la necesidad de desahogar tanto estrés, sufrimiento y frustraciones acumuladas durante los últimos meses a causa del mediocre rendimiento de la Sele, el desgaste causado por la pandemia o la justa combinación de ambas cosas? ¿O era, más bien, un simulacro de la dulce celebración que nos espera si seguimos con este reconfortante escenario de desescalada en los próximos meses?

Cualquiera que sea el caso, estoy seguro que ni el festejo de ese día en el estadio, ni el de una difícil, mas no imposible clasificación a Catar, se podría comparar con el sentimiento de alegría que nos invada cuando este otro partido, el más duro de nuestras vidas, por fin se acabe, al grito de la frase más esperada por todos los habitantes –futboleros o no- de este país durante los últimos dos años: ¡Se terminó la pandemia!

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