Nunca pensé llegar a ser el sueño hecho realidad de alguien más… si acaso, pesadilla. Sin proponérmelo, he notado que muchos me observan y me siguen, aunque no me lo digan, lo cual no deja de ser responsabilidad y halago en igual medida. Pero de eso a que alguien sueñe con conocerme, ya son palabras mayores que me conmueven y me demuestran que algo debo estar haciendo bien, a pesar de las adversidades que naturalmente todos enfrentamos en ciertos momentos.

Todo inició con la invitación de una amiga y colega escritora para conocer a un jovencito que recibe atención integral en la Fundación Pro Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital de Niños. Su nombre es Andrey, tiene 17 años, y padece de osteocondromatosis, una enfermedad clasificada dentro de la categoría de enfermedades raras.

Pese a las lesiones y dolores crónicos que afectan su cuerpo, él tiene el sueño de convertirse en novel escritor. Y para ello quería conocer a uno –o a dos- que ya lo fueran a fin de recibir consejos y conocer de primera mano lo que significa dedicarse al noble oficio de escribir en este país.

Fue así como nos dispusimos a visitar a Andrey y a su madre, en el albergue de la Fundación, en San José, donde nos reunimos por espacio de una hora, junto con la Directora de Proyectos de la organización, Nancy Mora, una de las responsables de la logística en la cristalización del sueño de Andrey y de muchos otros que, antes de partir de este mundo o ver menguada su condición, desean que se les cumpla su última voluntad, según se establece en los derechos fundamentales del niño(a) con enfermedad terminal.

Era el mediodía del pasado jueves 24 de octubre y hasta el clima se prestó para que todo transcurriera favorablemente. Confieso que, al principio, me sentía un poco nervioso y expectante, quizá igual o más que el propio Andrey, quien, a pesar de su timidez inicial, no podía ocultar su felicidad ante el ansiado encuentro.

Pasión por la literatura

Tras el respectivo saludo, pasamos a una oficina donde nos sentamos plácidamente a conversar. Aunque cualquiera pensaría que los protagonistas éramos nosotros, en nuestra calidad de invitados especiales, la verdad es que Andrey, desde un principio, fue el centro de atención, por su facilidad de palabra, por su pasión por la escritura, por su deseo inquebrantable por alcanzar sus metas…, en resumen, por ser un auténtico guerrero de las letras y de la vida.

Nos contó que siempre le ha gustado leer y escribir. Tanto así que el único momento en que no escribe es cuando está en el hospital recibiendo tratamiento. “El dolor me quita la inspiración”, reconoce, causando que el corazón se me haga un puño. Tratando de guardar la compostura, sigo, como buen periodista, preguntándole sobre sus inquietudes literarias, en una etapa donde los niños normalmente están más preocupados por el “Play” o por el “Fortnite” que por leer clásicos de la literatura universal. Nos contó que le gusta escribir sobre fantasía y ciencia ficción. “Ya tengo ocho libros escritos y estoy trabajando en otro más”, agrega, mientras nos muestra las hojas de cuaderno con sus manuscritos.

“¿Sabías, Andrey, que muchos de los más grandes escritores empezaron así, como vos, escribiendo a mano y aún lo siguen haciendo, como, por ejemplo, Mario Vargas Llosa?”, le comento, al ver sus textos redactados con lapiceros de colores, subrayados y con escasas tachaduras. “A mí me cuesta escribir a mano y además tenés más libros escritos que yo”, le digo, y me responde con una sonrisa genuina.

Su deseo ahora es llegar a publicarlos. Mi amiga y yo, tras contarle brevemente sobre nuestra incursión en el mundo literario, nos comprometemos a ayudarle a cumplir este otro sueño y le instamos a luchar y no rendirse nunca. Antes de despedirnos, nos tomamos una foto y le regalamos un libro autografiado. “Apenas llegue a casa, voy a leerlos”, prometió y se marchó junto a su madre a almorzar al albergue, el cual tuvimos la oportunidad de recorrer y palpar in situ la solidaridad, bondad y entrega del equipo de colaboradores de la Fundación.

Mensaje de fe

Lo que tuvimos con Andrey fue un encuentro breve, pero de esos que se quedan en la mente y el corazón para siempre, por las grandes enseñanzas implícitas. Aunque la idea era motivarlo, fue él quien nos motivó a nosotros. Con cada gesto, con cada palabra, con cada mensaje de optimismo y superación que nos dio, pese a su corta edad.

Nos demostró que no hay dificultades económicas, dolores ni internamientos que se interpongan en el camino de los sueños. Él tiene uno muy preciado y como joven guerrero, lucha incansablemente sin tan siquiera saber si la enfermedad y el tiempo se lo concederán. Eso es gozar de fe, compromiso y convicción en su máximo esplendor, viviendo el día a día con lo único que tenemos seguro: el presente, el aquí y el ahora.

Que la cantidad de libros publicados, que las ventas, que el reconocimiento, que la fama… No, señores, el éxito como escritor o en cualquier otro campo no se mide en función de indicadores de vanidad. Hay recompensas mayores y duraderas que nos acercan a la felicidad. Ese día, conocimos la principal de ellas: inspirar y servir a los demás. ¡Gracias Andrey, mi pequeño gran colega!

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