Mi relación con el trabajo en el campo nunca ha sido buena. La vez que mi abuela me mandó a alimentar el chancho, me falló la puntería y medio balde cayó fuera del comedero. Cuando me tocó hacer lo mismo con las gallinas, algunas inquietas aves amantes de la libertad decidieron salirse del encierro y en una ocasión, hace varios años, en ese mismo gallinero, recuerdo haberme llevado una leve descarga eléctrica mientras trataba de encender un bombillo, provocándome una aversión hacia todo lo que tenga que ver con electricidad.

Como podrán notar, en resumen, me va mejor frente a una computadora escribiendo o frente a un micrófono haciendo voces. Cuando se trata de enfundarse botas, sombrero de ala ancha y machete al cinto, no siempre llevo las de ganar, por más sangre guanacasteca que corra por mis venas. Supongo que, en esos laboriosos menesteres, emerge la torpeza propia del polo citadino no habituado a los pastizales, chiqueros y barriales.

Dispuesto a jugarme la última carta de reivindicación, desde hace meses le venía insistiendo a mis primos -auténticos “guanacos”- que me llevaran a su finca, ubicada en mi querido pueblo de Pozo Azul de Abangares, en Guanacaste. Pero no en mi rol acostumbrado de espectador, de esos que ven desde la barrera a otros hacer el trabajo duro –y vaya que lo es-, sino como uno más en la comitiva de peones que a diario se arrollan las mangas y se ensucian las manos para cumplir con las más variadas y exigentes tareas que demanda el mantenimiento de una finca de casi 500 hectáreas.

Desde chapear, reparar las cercas o cargar pacas de heno, hasta otras más complejas como arrear vacas, darles de comer, lazarlas y atender partos delicados… solo por citar algunas de las múltiples funciones que les permite ganarse el sustento con el copioso sudor de su frente (literalmente).

Nada de lo anterior me hizo claudicar en mis firmes intenciones de ponerme un día –o algunas horas- en las botas de un legítimo peón de campo. “Tiene que prepararse e ir bien desayunado y llevar merienda, bloqueador y agua”, me dijo mi prima Karina, anticipándose a la tarea que nos esperaba: vacunar y marcar casi 200 cabezas de ganado, propiedad de don Carmelino Araya, conocido cariñosamente como “Gordo”.

No habíamos ni siquiera llegado a la finca y, en los preparativos, yo ya había cometido mi primer error de novato: ponerme tenis deportivos. Afortunadamente, mi papá se percató a tiempo y, a falta de botas, me prestó unos “burros” que me calzaron a la perfección y que me evitaron tener que regresar descalzo o con las suelas colgando.

Del otro error –también sin haber llegado a la finca- se dio cuenta, demasiado tarde, mi primo Hugo Barahona, a quien nos topamos de camino y me advirtió que portar gorra, en lugar de sombrero, no es la mejor opción, debido a que expone a quemaduras zonas sensibles como el cuello o las orejas. Ya no había tiempo de regresar a conseguir uno. Un pañuelo me sirvió de improvisada y efectiva protección.

La hora de la verdad

Tras una parada estratégica en el Mini Súper Johan para comprar provisiones, arribamos a la finca, poco antes de las 9 a.m. Por lo agreste del terreno, debimos dejar el carro en la entrada para caminar como un kilómetro hasta llegar a los corrales.

Ahí nos esperaban, entre bramidos y miradas inquisidoras, el hato celosamente vigilado por el trío de peones de verdad, Alexander, Ariel y Juancho, quienes, desde tempranas horas de la mañana, los reunieron a fin de tenerlos listos para la agotadora campaña de vacunación que nos esperaba. “Yo desde las 5 a.m. me comí la burra”, afirma Ariel, a modo de broma y queja ante nuestra tardanza.

Por más ansiosos que estuviéramos de arrancar –el sol ya picaba fuerte-  debíamos esperar al ganadero y a sus acompañantes que, procedentes de Las Juntas, traían los implementos de trabajo: fierros, jeringas, una plantilla de gas, medicinas y una tinaja enorme de agua.

Finalmente llegaron, y luego de alistar el área y equipos de trabajo, pusimos manos a la obra. Primero fue el turno de los más pequeños; o sea, los terneros. Ahí donde se ven tiernos y mansitos, pueden resultar bien “jodidos”, como diría Lupe, otro de los experimentados peones. Uno a uno fueron pasando por la manga para su respectivo “fierrazo” y pinchazo (les suministran vacuna, vitaminas y desparasitantes).

Hasta el momento no me había correspondido intervenir, más que para documentar la faena, a través de fotos y videos (eso sí es lo mío). Sin embargo, la suerte no me sonreiría por mucho tiempo más. Lo primero que me tocó fue hacer las de algo así como “guachi” del ganado, cuidando el portón que dividía a las vacas de sus crías. Aunque fácil de ejecutar, no dejaba de ser una labor un tanto ingrata (me sentía culpable de separar a las madres de sus hijos).

De hecho, una de ellas, herida en su orgullo materno, casi me levanta, de no ser porque Juancho la espantó con su varilla de madera, no sin antes ponerme sobre aviso: “Cuidado, esa vaca es bravísima”. Moraleja: nunca darle la espalda al enemigo; te puede meter el puñal (o los cachos) por la espalda.

Duelos cuerpo a cuerpo

Justo cuando le empezaba a tomar el gusto a mi tarea de celoso vigilante bovino (suena más bonito que guachi de vacas), oigo un grito del otro lado. “Allá lo están pidiendo”, me dice Juancho con risa maliciosa, en su camino a relevarme. Un tanto dubitativo y nervioso, llego hasta el lugar de los hechos, al calor de risas, gritos y vacilón.

Yo, que no terminaba de verle la gracia al asunto, contemplaba de larguito , tratando de descifrar como era el procedimiento para doblegar a los tequiosos animales. La gran mayoría, como chiquitos rabiosos, se resisten, patean y oponen resistencia con tal de que no los vacunen. En esto no distan mucho de su contraparte, los bebés humanos. Aun así, con depurada técnica y destreza, logran dominarlos hasta que no les queda más que resignarse a su destino. Todo sea para que crezcan sanos y fuertes.

De repente, todas las miradas se vuelcan sobre mí. “Este que viene le toca a usted”, me avisan. Miro atrás mío para comprobar si no le hablan a otra persona. Más por presión del público que por auténtica convicción, acepto e ingreso a la manga. Me corresponde sostenerle la cabeza, mientras que a mi compañero “Spanky”, un gordito simpaticón quinceañero, no menos diestro en la materia, le tocaría sostenerlo de la parte posterior, procurando esquivar patadas certeras a la entrepierna.

 “Vea, con una mano le agarra la oreja contraria y le dobla la cabeza, y el dedo pulgar de la otra mano se lo mete en la parte de atrás de la boca donde no tienen dientes”, me explica Albán. “¿Cómo? Nooooo, ni loco”, pienso y empiezo a retroceder. No me lo permitieron. Me sentía como montador antes del grito de “puerta”. Recuerdo uno de mis mantras de automotivación preferidos (Si algo te da miedo, hazlo con miedo) y me encomiendo al de arriba.

Con el corazón a mil y en medio de fuertes descargas de adrenalina, me dispuse a pelearme con el bendito ternero para principiantes (pequeño y menudo). Al notar mi cara de congoja, de seguro tuvo compasión y se comportó a la altura. Aunque sí tuve que aplicarle un poco de fuerza y maña para que no se escapara, al final logré recetarle el “estatequieto” sin mayor inconveniente. Misión cumplida.

Por poco y grite. “Échenme al que sigue”. Desisto, no vaya a ser que se lo tomaran en serio. Me sentía envalentonado y listo para agarrarme con un toro, de ser necesario (bueno, tanto así no), pero sí, al menos mis temores iniciales, se disipaban entre el sofocante calor y la emoción del momento.

Jornada accidentada

Todo iba bien hasta que me tocó presenciar cómo un endiablado ternero casi le arranca el dedo a «Spanky», quien expulsaba sangre a borbollones. Había fallado en la técnica de agarre y el bicho no se lo perdonó. Fuera de circulación hasta nuevo aviso y varios puntos de sutura le aguardaban.

Después de ver semejante mordida, lo pensé una y mil veces veces para volver al ruedo. No quería que me sucediera lo mismo o algo peor. Afortunadamente, pese a que tuve que enfrentarme cuerpo a cuerpo contra dos animales –uno de los cuales estaba «pochotón» y se me escapó-, acá estoy, vivito y coleando, escribiendo esas líneas con mis diez dedos ilesos y completos, aunque el susto por mi acto de valentía ¿o imprudencia? aún lo estoy digiriendo.

Luego de comerme la deliciosa burra -gallo pinto, huevo y queso frito-, a la sombra de un árbol, intenté ayudar en la aplicación de inyecciones a las reses adultas. Para esta labor, en apariencia más fácil, aunque no por eso menos peligrosa –a Mariela, una vaca antivacunas le sacó el aire de una patada- no resulté tan bueno como esperaba. A la segunda de intento, ya había quebrado la aguja. Desisto de la idea de continuar y se lo dejo a los expertos. A mi humilde criterio, ya había sido suficiente por un día. Me merecía un descansito.

De regreso a casa, en horas de la tarde, reflexionaba sobre lo realmente duro que es el trabajo de campo. No caeré en el simplismo machista de calificarlo como asunto de hombres porque hay mujeres que pueden hacerlo igual o mejor, pero sí que requiere de agilidad, valentía, fuerza, inteligencia y resistencia física y emocional.

Eso fue lo principal que me traje del viaje a la finca. Sin contar los moretes, patadas y raspones en el brazo y en el pecho, así como una colección de picaduras de garrapatas, coloradillas y mosquitos, que, a hoy, me tienen el torso como en plena infección de varicela y a punta de alcohol y calamina para calmar la incesante picazón.

Parte de los daños colaterales de trabajar con ganado; definitivamente una de las labores más duras de las muchas que deben hacerse en campo. Ahora sí lo puedo afirmar con conocimiento de causa. Mi respeto y admiración para Lupe, Ariel, Alexander, Juancho, Albán, Diego, Karina, Nelly, Mariela y todos los que se enfrentan con hidalguía y auténtica vocación a los riesgos e inclemencias de un oficio tan demandante como crucial para el progreso de nuestros pueblos rurales. Un agradecimiento y un grito de sabanero por todos ellos: “uuuuiiiip, uuuuiiiip…”

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