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Yo no apoyo la marcha realizada días atrás contra la violencia femenina. Y lo digo por esta vía no por cobardía sino por sensatez. Si me hubiera aparecido con dicha consigna el martes de la semana pasada, secundando a los “cuatro gatos hombres” que cometieron la osadía de aparecerse en la Avenida Segunda, hoy tal vez no estaría contando el cuento. A lo mejor estaría haciéndoles compañía a las palomas en el techo del Teatro Nacional y entendiendo mejor al hombre que dijo que ahí valía más un perro que cualquiera de sus congéneres. ¡Menos mal era contra la no violencia! Pero como no pude asistir –no soy de los afortunados que pueden tomar la mañana libre para ir a marchar-, ni tampoco lo consideré prudente conociendo mi posición sobre el tema, contraria hasta cierto punto a la de la mayoría ahí presente, aprovecho para manifestar mi opinión por este medio, esperando que al menos me brinden el beneficio de la duda antes de tildarme de machista agresor o de dejarme a “medio palo” con la lectura, ambas cosas igual de graves.

Ahora sí, hecho el descargo respectivo, le invito a repasar la idea con la que inicié este artículo. Lo que dije fue que no apoyo la marcha, no que esté a favor de la violencia. Son dos cosas muy diferentes. Uno puede estar a favor del fondo pero no necesariamente de la forma y creo que ese es precisamente el caso de algunas personas, hombres y mujeres por igual. En primer lugar, esto de las marchas como que se está volviendo un lugar común, una salida fácil y rápida a la necesidad imperiosa de manifestar mi descontento uniendo voces para la creación de un clamor en defensa de una causa colectiva: gays, salarios, puertos, derechos de los animales, recortes de presupuesto.

La violencia no se defiende con violencia, ni siquiera incitando a ella. Claros todos en este punto, no entiendo cómo hay mujeres que la emprenden a insultos, gritos y cánticos de Paquita La del Barrio contra los hombres, como si todos fuéramos unos salvajes primitivos y misóginos que no podemos ver ni la imagen de una mujer pintada en las paredes de nuestras cavernas porque les dejamos ir el garrotazo. ¡No lleguemos a ese extremo! Es cierto, que no somos unos santos, pero tampoco todos somos unos agresores que nos vamos directo al fuego eterno, con escala en La Reforma. Ley de la vida: nunca se puede generalizar, siempre hay excepciones a la regla. Estoy seguro que lo mismo aplica para el caso de la violencia contra las mujeres.

Y no sólo contra las mujeres, si no contra todo mundo. Porque ese es otro punto, si tanto exigen igualdad de derechos y de condiciones, también deberían exigir un rechazo rotundo y absoluto contra cualquier tipo de de violencia, sea ésta contra las mujeres, hombres, niños, ancianos, o cualquier ser humano, sin distinciones de género, raza, estrato o edad. La violencia debe ser desterrada de raíz.  El problema es que si nos podemos a hacer manifestaciones con consignas de odio o rechazo en contra –no digamos de hombres- de cualquier grupo de la población, entonces nos puede salir más caro el remedio que la enfermedad. No podemos combatir la violencia descalificando o provocando el enfrentamiento con cualquiera del bando contrario.

Con esto no digo que hay que alcahuetear a los canallas agresores que deben ser debidamente identificados y castigados con todo el peso de la ley. Pero como lo que es bueno para el ganso, lo es para la gansa, las mujeres deben pagar también si maltratan a sus parejas. Que los casos no salgan mucho a la luz pública, por temor o vergüenza del afectado, o que no hagamos multitudinarias marchas es otra cosa, pero que de los hay los hay.  No necesariamente debe llegar el esposo con el ojo morado a la Policía para sentirse víctima de agresión. Hay otras manifestaciones de violencia que a más de uno le duelen más que un golpe físico: el no poder ver sus hijos, las pensiones excesivas, el despojo de todos sus bienes, etc. Y así la historia se repite con niños, adultos mayores, inmigrantes….  Si vamos a marchar contra la violencia, está bien, pero en todas sus expresiones, sin distinciones ni ofensas que de entrada nos deslegitimen para hacer un verdadero llamado a la paz social.