Normalmente vengo a Guatemala disfrutar de los buenos amigos, la comida y sus bellos destinos turísticos. Y aunque, en los momentos difíciles, los primeros no abandonan y los otros dos pasan a un segundo plano, esta vez he pasado días y noches enteras, entre hospitales, doctores y farmacias.

Tanto así que ya en un centro médico nos dejaban entrar sin registrarnos de previo y uno empieza a tomarle cariño hasta los guardas que, junto a los enfermeros, doctores y personal administrativo, se convierten en segunda familia, más por resignación que por decisión propia.

De hecho, estas líneas las escribo desde el que ha sido nuestro hogar temporal durante las últimas tres semanas, debido a un quebranto de salud de mi padre. Sentado en la sala de espera, mientras es atendido, reflexiono acerca del indispensable, más no siempre apreciado, don de la salud. Así, de paso, evito caer en el juego de la especulación alarmista al que la mente nos arrastra en situaciones de tensión e incertidumbre –bendito sea el poder terapéutico de la escritura.

Aunque no soy muy dado a escribir sobre un tema tan íntimo y personal como la salud, las circunstancias recientes me motivan a no pasar por alto las valiosas lecciones que siempre acompañan a los malos momentos.

¿Tema tabú?

En primer lugar, quiero retractarme de los adjetivos utilizados en el párrafo anterior. La salud no puede ser un asunto íntimo y personal. Mucho menos privado, intocable y confidencial. Debe ser algo sobre lo que debemos hablar abiertamente, sin temor al qué dirán o qué nos harán. Es mejor ser considerado paciente o enfermo unos días que por el resto de nuestras vidas, por falta de previsión y exceso de confianza.

Y no solo hay que comunicarlo, sino que pasar a la acción y acudir al médico, cuando sintamos que algo no anda bien en nuestro organismo (preferiblemente que sea uno de reconocida capacidad y de buenas referencias, pues –me consta- que, como en toda profesión, no cualquier facultativo brinda un servicio humano y de calidad).

Es más, aunque no sintamos nada y pensemos que estamos como de 15 años, lo ideal es revisarse periódicamente para evitar desagradables sorpresas a futuro. Sin importar nuestros hábitos y genética, nunca está de más hacer la de los autos: ir a Riteve una vez al año (si somos como los taxis que van dos, mucho mejor).

He visto y escuchado tantos casos de personas, en apariencia totalmente sanas y saludables, que, de repente, son aquejados por alguna enfermedad mortal o un paro cardíaco fulminante, que es mejor no atenernos porque comemos lechuga o visitamos a diario el gimnasio.

“El pánico médico”

A pesar de que el consejo aplica para niños, jóvenes y adultos, sin importar género, edad o clase social, quiero dirigirlo especialmente a los hombres que, como yo, en algún momento nos hemos creído capaces de derrotar, a punta de aspirinas y miel de abeja, hasta el peor de los males.

La mayoría de hombres somos dados a tirárnoslas de machos alfa invencibles todo terreno. Excepto en lo referente a la sagrada salud. Podemos resolver el más crítico problema mecánico o el más peliagudo de los dilemas en nuestros trabajos u hogares, pero apenas nos hablan de ir al doctor nos comienzan a temblar las canillas. Podemos lidiar con los uniformados de Tributación y hasta de la Policía, pero apenas nos encontramos frente al de gabacha blanca nos invade el “pánico médico”.

No es casualidad que en el ratito que tengo acá, he visto entrar más mujeres que hombres. Por momentos, hasta siento que me ven raro. No sé si es porque luzco muy saludable o porque soy el primer hombre, después de mi papá, que se aparece por estos rumbos -ojalá sea por la primera razón.

Luego de comprobar que no se deba a que, despistadamente, me vine a sentar en la sala de espera del consultorio de un ginecólogo, llego a la conclusión de que el fenómeno no se presenta solo en Costa Rica, sino también en Guatemala y vaya usted a saber en cuántos países más de Latinoamérica y el mundo.

Por razones machistas, culturales o porque nos creemos venidos del Planeta Kripton, la mayoría de los “súper” hombres damos por un hecho que gozamos de buena salud. “Yo estoy bien, no siento ningún malestar, nada me duele”, son algunos de los argumentos esgrimidos para evitar el temido encuentro con el archienemigo.

Mejor prevenir…

No se trata de volverse un histérico hipocondríaco, pero sí de tomar las sanas previsiones del caso. De no tener temor de mostrarnos débiles y vulnerables. De estar conscientes de esa inevitable fragilidad humana que no conoce de egos, orgullos ni pudores.  “La vida es un momento”, nos recuerda el Coronel Frank Slade, en Perfume de Mujer.

¿Cuánto puede costar una cita de control anual, versus el internamiento en un hospital, los medicamentos, el tratamiento y la rehabilitación para superar una enfermedad grave? Haga números y se dará cuenta que no hay comparación. Nada peor que recibir la noticia de un padecimiento letal que pudo evitarse siendo más diligentes con el cuidado del activo más preciado que tenemos: la salud.

Yo, después de esta experiencia, ya estoy pensando en ir a que me esculquen hasta por debajo de las uñas. ¿Qué si no me da susto? Por supuesto. Es completamente normal. Pero, entonces, me recuerdo de una de mis frases favoritas: “Si tienes miedo, hazlo con miedo”.

Aplica a la perfección para temas personas, profesionales e incluso de salud. Si aun así no quiere –o no se anima- a hacerlo por usted, hágalo por sus seres queridos. Créame, que ellos se lo agradecerán de por vida. ¿Cuándo fue la última vez que se revisó? ¿Ya sacó cita?

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