Hace mucho tiempo que no lo padecía. Quizás, la última vez fue hace casi 20 años cuando estuve de viaje en España. Desde entonces creo que no ha habido ocasión en que me ha tocado estar fuera de mi país por más de 30 días.

Sin embargo, todo cambió el pasado mes de setiembre cuando, obligado por un contratiempo familiar, tuve que dejar el terruño por más tiempo de lo previsto, un mes y una semana para ser exactos (hasta lo llevaba cronometrado).

Fue entonces cuando me comenzaron los primeros síntomas del mal de patria. Ya ni me acordaba cómo se sentía. No es que de repente te comiencen a hacer falta el gallo pinto, el “mae” y las presas. Porque con esto de la globalización, se pueden encontrar las tres cosas en cualquier parte del mundo y hasta en mayor proporción (lo digo, especialmente por las presas).

¿Tristeza, nostalgia…?

Es un sentimiento más profundo y difícil de explicar que solo quienes lo han vivido lo pueden identificar fácilmente. Algunos dirán que es de tristeza, pero en mi caso no tanto porque en realidad en el país donde me encontraba –Guatemala- aparte de ser mi segunda patria, estaba junto a mi familia, tal vez no en las mejores circunstancias, pero todos reunidos al fin.

Y si tengo que volver a irme ya no por un mes sino por un año con tal de acompañarlos en un momento de infortunio, con todo gusto lo haría. Por lo tanto, del todo triste no me encontraba, salvo por la situación que estábamos viviendo en ese momento. Tampoco estaba como tonto sin mama, porque en primer lugar no me considero digno de semejante título y si lo fuera, mi señora madre estaba allá, por lo que, en todo caso, sería, a mucha honra, un tonto con mama.

Creo que, más bien, era un poco de nostalgia mezclada con desarraigo forzoso al verme de repente lejos de la tierra, donde ya sumo 17 años de residir de manera ininterrumpida, luego de mi paso por Guatemala, durante mi maravillosa etapa de colegial. Fueron tan bellos los momentos vividos y tan gratas las amistades atesoradas que, a mi regreso, en ese entonces me sobrevino un mal de segunda patria –la que extrañaba era la adoptiva y no la que me vio nacer.

Aclaro. No es que no me guste viajar; por el contrario, me encanta y tampoco es que no puedo estar largas estancias fuera del terruño –ya estuve afuera un lustro y sobreviví para contarlo. Así que, si de salir de la zona de confort se trata, se puede decir que tengo un doctorado en la materia y no solo en lo que a viajes se refiere, sino en otras áreas más personales que no viene al caso comentar ahorita.

Extrañando la huelga

El punto es que, normalmente, cuando uno sale de su país de origen, sin importar los motivos, sean personales, profesionales, académicos, etc., en la mayoría de los casos se dispone del tiempo suficiente para asimilarlo y prepararse psicológicamente, lo que hace la transición más llevadera, aunque no menos dolorosa, pero que de un día para otro deba tomarse tal decisión, impulsado por causas no tan agradables y sin saber por cuánto tiempo exactamente, no deja de ser traumático.

Es entonces cuando se empieza a extrañar lo que se queda atrás. Los amigos, la comida, el gimnasio, el trabajo, la mejenga con los compas… Y aunque en un principio agradecí estar fuera durante el “burumbum” armado por los sindicatos, la verdad es que, hasta la huelga, los bloqueos y los pleitos fiscales comencé a extrañar. De todo, menos Albino (a ese sí, no hay forma que haga falta).

Afortunadamente, esta semana ya me tocó regresar. Y para que no cupiera la menor duda de mi retorno a Tiquicia, me encuentro, sin tan siquiera haber llegado a la casa, con una caída en el sistema informático de Migración del aeropuerto, unos taxistas hablando del clásico y una presa entrando a La Uruca…

En definitiva, hay cosas que nunca cambian, esté uno afuera un mes o un año.

Por lo menos, una mañana soleada de vientos alisios me devuelve la esperanza y me susurra al oído con aliento navideño: ¡Bienvenido de vuelta!

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