“Las viejas amigas nunca mueren. Siempre siguen pululando”. Así reza una de las frases del preludio de su libro A Calzón Quitado (sin tapujos ni rodeos), volumen 49, del cual guardo, con gran cariño, una copia que me regaló en alguno de los varios eventos literarios donde participamos juntos.

Sin embargo, con su permiso, le aplicaré la inclusión de género al enunciado para hacerlo extensivo a los viejos amigos, compañeros y colegas. No importa cuán cercanos o distantes se encuentren, siempre están ahí, pululando de diversas maneras a través de anécdotas, momentos, conversaciones y un sinfín de recuerdos entrañables que anidan en la mente y reconfortan el corazón.

Escribo estas líneas poco después de la sensible partida de uno de ellos, nuestro querido don Noe Rosenstock Lang. Lo hago luego de repasar algunos de sus escritos, tan directos y sinceros como su insigne creador. Mientras me lamento el despiste de no haberle solicitado que me autografiara el ejemplar obsequiado, miro triste al cielo que, encapotado y lluvioso, parece unirse al dolor de quienes quedamos con el vacío de su ausencia.

Me recrimino de inmediato al recordar que él no habría querido verme así. Su naturaleza era alegre y alegres debíamos unirnos en merecido homenaje póstumo. Contrarresto mi pesar, elevando una plegaria y una sonrisa franca, como la que muchas veces me arrancó al calor de gratas experiencias de tinta y papel.

Me parece verlo llegando a la Feria Internacional del Libro. Alto, regio, macizo, entero, como un viejo bambú de ocho décadas que se dobla con las tempestades del tiempo, mas nunca se doblega.  A lo lejos sobresalía su delgada y elegante estampa de lord inglés, impecablemente vestido, avanzando a paso firme como bamboleante rascacielos en aldea liliputense.

Con un paraguas en una mano y en la otra su chaqueta beige y su inseparable libro de turno, llegaba al stand, derrochando simpatía y prestancia. “¡Diay Ricardo!, ¿ya me vendió todos los libros?”, me inquiría de improviso, a manera de saludo, matizando con sonrisas la extenuante jornada que nos esperaba.

Conforme transcurría el evento, saltarían a escena otras de sus chispeantes frases inmortales.  “Nombres esto está hecho una pura “guesera”. “Hoy sí está como la Avenida Central” “¿Anda viendo o anda comprando…?, entre otras citas célebres, igual de divertidas y originales que las contenidas en sus libros expuestos en el stand del Foro Literario Costarricense, del cual fue un distinguido miembro y colaborador hasta el último de sus días.

Aunque su interés primario nunca fue tanto vender –no le hacía falta- como pasar un rato de agradable esparcimiento, ajeno quizás a los colerones causados por el equipo de su tierra natal (Cartago de sus amores), siempre disfrutaba, cual joven autor primerizo, de ofrecer su amplia colección de obras a todo aquel que se le acercaba a comprarle, saludarlo o felicitarlo por su desconocida venia de escritor.

“Venga, pase, tenemos chistes de cornudos”, pregonaba a los cuatro vientos, despertando la curiosidad de los transeúntes, entre los que no podían faltar algunos de sus pacientes, sorprendidos de que el doctor fuera tan ágil con el bisturí como con la pluma. Intrigados, apenados o graciosos, ingresaban al stand cautivado por las picarescas temáticas de la vasta biblioteca Rosenstock.

Sus poco ortodoxas estrategias de venta a base de la fisga, chota y morbo eran parte de un inconfundible sello personal que en más de una ocasión nos ponía en aprietos tratando de discernir si hablaba en serio o en broma. Como cuando nos vaciló diciendo que todo el dinero recaudado por las ventas de sus libros era para los niños de Israel, o la vez que puso en su lugar a una mentirosilla señora que le salió con el cuento chino de que no buscaba un libro, si no a un familiar que se le había extraviado. Ni para qué lo hizo. “Bueno, sígalo buscando y si lo encuentra, me lo saluda”, le espetó, dándole una merecida lección a ella y a todas las personas que, en las ferias o en la vida, recurren a toda suerte de pretextos para evitar el temido “no, gracias”.

A hoy todavía me carcajeo, rememorando esta y otras pintorescas salidas del doctor, cargadas de humor, ironía, sabiduría y, por supuesto, la irreverencia propia de quien se negó a tomarse la vida muy en serio. Tanto así que hasta de él mismo y sus correligionarios se mofaba, al incluir en sus libros chistes de judíos, a quienes calificaba como propietarios de las narices más grandes –él no era la excepción- o tipos “frágiles, inteligentes y tristes” que, como gente de mar, se pasaban toda la vida errando.

Tampoco tenía reparos en reconocerle al judío lo que es del judío. “No se rinden nunca (…), son gente del saber, del libro, portadores de memoria, el judío trabaja, quiere transmitir algo a sus hijos, dejar algún legado al mundo”, explicaba en sus obras.

¡Y vaya que él fue un digno exponente de ese precepto judaico! No solo como médico especialista en dermatología, fundador de la Clínica Rosenstock-Liberman y miembro activo de la Asociación Costarricense de Autores y Músicos (ACAM), sino también como autor independiente, con más de un centenar de publicaciones en su haber, convirtiéndose en uno de los autores contemporáneos más prolíficos de la literatura costarricense. Básicamente escribió sobre lo que le dio la gana: magia, sueños, pasiones, hechizos, amor, música, cultura, biografía, deportes y cuánta cosa usted se imagine.

Lo hacía por mera inspiración, sin preocuparse mucho por técnica, métrica o rima alguna. Lo que yo llamo un escritor libre, sin tapujos y sin rodeos, como los títulos de sus libros. Su pluma fluía con la pasión que le daba su apego a la belleza, a la medicina y al amor por la excelencia.

Un día podía estar hablando de la novia de Van Gogh o de los carros deportivos de los deportistas más famosos del mundo y, al otro, escribiendo cuentos, anécdotas, poemas, chistes o biografías de celebridades que en mi vida había escuchado. Su oferta literaria, así como los géneros que exploró, eran amplios como la cultura de la que era depositario, en nulo detrimento de esa humildad y sencillez que lo hacían rehuir de las cámaras de la prensa o de los pomposos eventos literarios.

Más que un médico distinguido, amable y servicial – como le escribió alguien en Facebook-; incansable escritor, asiduo seguidor cartaginés, voraz lector y amante de la música y el arte, era un señor íntegro, intimidantemente culto y bueno a carta cabal, entregado a sus pacientes en el consultorio, a su familia en el hogar y a sus amigos en todo momento y lugar.

No fue mera casualidad que la dedicatoria de uno de sus libros estuviera dirigida a su principal fuente de inspiración: sus trece nietos que “con sus travesuras y enseñanzas le dan color a mi vida”. Ni tampoco lo fue cuando en la última llamada que le hice, en noviembre del año pasado, al teléfono fijo de su casa (no tenía celular ni redes sociales; de lo contrario difícilmente habría tenido tiempo para escribir cien libros), luego del efusivo saludo y bromas de rigor, tuvo la deferencia de invitarme a comer al restaurante familiar, lo cual acepté gustoso y hambriento como buen amante de la comida mexicana. “Vaya y pida lo que quiera, yo lo invito con mucho gusto”, me dijo, en esa ocasión, sin saber que esas serían de las últimas palabras que le escucharía, fiel reflejo de su bondad, don de gentes, caballerosidad y cortesía.

¡El origen del éxito reside en un alma bella!, se lee en la última página de uno de sus libros A Calzón Quitado. Ahora entiendo por qué fue tan exitoso como esposo, padre, abuelo, médico, empresario, poeta, artista, escritor… Ese era Noe Rosenstock, un alma bella que no solo escribió que vivimos en un mundo hermoso en el “que fácil resulta a veces ser feliz”, sino que mostró con su vida y obra el camino para llegar ahí. Gracias por tanto don Noe. ¡Buen viaje, estimado amigo y colega!

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