Doña Eugenia, junto a su abogado, firmando los documentos de la demanda. Foto tomada de nacion.com

Hoy estamos ante uno de esos frecuentes episodios del mundo al revés que ocurren en nuestro país. Más de un cliente de Tigo debe estar rezando porque les suceda eso por lo que a cada rato llaman a la empresa para evitarlo: una caída en la conexión a Internet.

Y ojalá no sea solo una, sino dos o tres veces. Es más que no vuelva en todo un mes con tal de acumular el enojo y la indignación necesarias para protagonizar una llamada igual o más virulenta que la de doña Eugenia Cartín, quien con la noticia de que podría recibir $500.000, producto de la demanda civil interpuesta, lo más seguro es que no la tengamos que volver a ver tra-ba-jan-do.

Pero como especialmente en este país, por la plata baila (y ofende) el mono, no sería nada raro que algún artista nos sorprenda con el montaje de una joyita similar, previo acuerdo de complicidad con el operador de rigor –“mae, si la filtra y ganamos, vamos a medias”- con tal de embolsarse gruesos fajos de “verdes” que le reparen el daño material, moral y hasta psicológico por tener una mente tan maquiavélica que se digne siquiera a imaginarlo.

Como no creo haber sido el único, muchos se irán conmigo derechito a una cita con el Dr. Buddy Rydell, de la película Locos de ira, para aprender a controlar el enojo del que tendríamos que hacer gala para superar la diatriba de malacrianzas protagonizadas por la tristemente famosa clienta.

“¿Es un pecado cobrar tanto?”

La dosis intensiva de ridiculización cibernética a la que nos enfrentaríamos estaría más que compensada con los 500.000  – y hasta un poco menos de ser necesario- que nos ganaríamos a causa de nuestra “original” osadía. No, si es que París bien vale una misa, ¿o me equivoco?

No me interesa entrar en pormenores técnicos o legales del porqué de esa cifra. “¿Es un pecado cobrar eso?”, me diría doña Eugenia. No sé, allá en su conciencia y la de su abogado si procede o no el reclamo. Acá el punto medular no es tanto si es exagerada esa cantidad o no, sino la gravedad de un acto empresarial que a todas luces debe ser castigado para evitar que se repita en detrimento de los intereses y derechos de los usuarios que merecemos una protección adecuada de nuestra información confidencial.

Aunque tal vez había formas menos bochornosas de demostrar la trascendencia de principios consagrados en la Carta Magna, lo cierto es que doña Eugenia tiene razón en sentar un precedente y no permitir que un hecho así quede impune. En lo que sí no le doy autoridad moral a la cliente afectada es que nos venga a brindar lecciones de respeto. Está bien enojarse, ¿quién no lo ha hecho? Y como escuché por ahí, puede que haya grabaciones de llamadas aún más “bravas”. Pero es claro que hay límites que no deben propasarse por más enojados o identificados que nos sintamos con la demandante frente a la incompetencia de terceros.

Risas por enojo

Lo que me da risa ahora, más de la que me causó haber escuchado el audio parcialmente –me pareció tan infumable que ni lo pude terminar- es cómo el sentido del humor y chota que despertó en mucha gente el ilegal audio se cambió por palabras de molestia y rechazo ante el proceder de la señora en cuestión. A raíz de la noticia, los insultos que lanzó en la llamada se le devolvieron amplificados (vieja elitista, racista, altanera…)

No me interesa tomar partido a favor de uno u otro bando. Creo que ambos se equivocaron, tanto en el ámbito legal – Tigo, por revelar información privada- como moral – doña Eugenia, por ofender y denigrar. En todo caso, si de buscar culpables se trata, me inclino por mirarme en un espejo. Así como lo lee. Todos aquellos que aportamos al bullying, de una u otra forma, somos los verdaderos culpables de que esta novela haya llegado a tales extremos, con los obvios efectos en la imagen y reputación de la señora, de Tigo y hasta de la sociedad costarricense que quedó en paños menores y fielmente retratada en la peor de sus versiones.

¿Qué tal si a todos los que contribuimos a alimentar esa hoguera de escarnio público nos cobran una parte del monto reclamado por la cliente, en proporción a las veces que lo compartimos, la cantidad de memes que mandamos, las veces que nos burlamos o las llamadas que hicimos a la casa de “doña Tigo”? Hay cosas que son tan valiosas que ni todo el dinero del mundo las compra. El respeto, la dignidad, la decencia y la prudencia son claros ejemplos y corresponde a todos ejercerlos por igual, tengamos o no Internet.