Recientemente, un colega me dijo que los escritores somos almas sensibles. Y no lo dudo. De lo contrario, difícilmente podríamos hilvanar historias que evoquen las más diversas y encontradas emociones.  Sin embargo, esa sensibilidad que distingue a la mayoría de artistas no solo se ve reflejada en nuestras obras, sino también en el devenir de la vida cotidiana.

Aunque estoy seguro de la veracidad de esa consigna, tenía mucho tiempo de no poder comprobarlo en un ámbito más realista, ajeno al de la tinta y el papel. Hasta el pasado domingo 3 de junio, día en que inició la emergencia en Guatemala por la erupción del Volcán de Fuego.

Bastó ver las primeras imágenes para que un escalofrío me estremeciera todo el cuerpo. Sentía y palpaba el dolor y desolación de un pueblo entero. Me veía huyendo junto a las víctimas, consolando a los sobrevivientes y lamentando las pérdidas humanas y materiales. En ese momento, yo era un guatemalteco más. Me fue imposible no llorar. Mientras me enjugaba las lágrimas y elevaba plegarias, la impotencia y la preocupación crecían a un ritmo proporcional al de contabilización de fallecidos, desaparecidos y damnificados.

Es una sensación horrible que no se la deseo a nadie. Probablemente muchos sintieron lo que yo sentí. No hace falta ser artista para experimentarlo. Cualquier persona con una milésima de humanidad, debía conmoverse ante la magnitud de una catástrofe que, con el paso de las horas, en lugar de solventarse, más bien se exacerbaba.

Soy un chapín más

En mi caso personal, a mi condición de escritor, se unía la de ciudadano guatemalteco por convicción. Así es, Guatemala es mi segunda patria y mi segundo hogar. A mucha honra y orgullo, me considero un chapín más. Allá viví cinco maravillosos años de mi etapa colegial y actualmente es el hogar de mi familia y muchos estimables amigos.  Por eso, cuando pasa algo en Guatemala, sea bueno o malo, es como si estuviera ocurriendo en mi primera patria, Costa Rica.

Obviamente, esta vez no fue la excepción. Con la diferencia de que la impotencia, rabia, tristeza, indignación y un montón de sentimientos más que no puedo explicar, se elevaron a la décima potencia. En el 2010 me sucedió también, cuando los guatemaltecos sufrieron la erupción del volcán Pacaya y, a los pocos días, los embates de la tormenta tropical Agatha.

Ocho años después la tragedia vuelve a tocar sus puertas. Si bien el protagonista o causante fue otro, las víctimas siguen siendo las mismas: las personas más pobres y necesitadas. ¡Qué triste, qué lamentable! ¿Se pudo haber prevenido tanta muerte y destrucción? ¿Quiénes son los responsables? ¿Qué hizo el Gobierno al respecto? Son preguntas hipotéticas que no vienen al caso y hasta cólera me dan porque la respuesta a ninguna de ellas les devolverá a las víctimas sus pertenencias y seres queridos.

Sin embargo, se tornan necesarias ante la imperiosa obligación de evitar futuros desastres dentro de esta nación y que fuera de ella, sus vecinos, incluido Costa Rica, reflexionen sobre lo ocurrido y tomen las medidas oportunas frente a los riesgos latentes que implica vivir en un país altamente sísmico y volcánico. No podemos quedarnos viendo para el ciprés –o la ceniza- como si nada nunca nos fuera a pasar. ¡Barbas en remojo, señores!

Hora de colaborar

No es objeto de este artículo ver para atrás en busca de responsables. En los buenos y malos momentos, prefiero ver hacia adelante para encontrar soluciones. Es hora de ayudar al pueblo guatemalteco. Somos un país solidario. Le consta a nuestros compatriotas y a nuestros hermanos en el extranjero, sean estos cercanos o lejanos. Hay muchas maneras de colaborar:  la embajada de Guatemala, el Facebook de Ticos en Guatemala, la página GoFundMe.com, entre otras instituciones que están uniendo esfuerzos para llevar alivio en medio de tanto infortunio.

Si ha llegado hasta aquí, querido lector, es porque, como a mí, Guatemala le importa, así como también nos importa Nicaragua y demás naciones hermanas que atraviesan dificultades. Mucho han sufrido los guatemaltecos en los últimos años a causa de sus grandes desafíos socioeconómicos (pobreza, corrupción, frágil institucionalidad, desigualdad social, etc.), como para que la naturaleza venga a agravar el panorama dentro de un país de gente buena, pero con Gobiernos malos. Nada peor que la inclemencia de la naturaleza, combinada con la incompetencia de los gobernantes, para hundir a un pueblo en la miseria.

Quiero y confío en que, algún día, Guatemala volverá a ver la luz que adorna un atardecer en el Lago Atitlán o las crestas de las pirámides mayas en Tikal. Es lo mínimo que añoro para un país hermoso y hospitalario al que le estaré eternamente agradecido. Con la ayuda de todos, el quetzal será el nuevo ave fénix que vendrá –literalmente- a resurgir de las cenizas. Mi gente bella, mi querida segunda patria se lo merece.

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