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A mí no me importa y a muchos costarricenses creo que tampoco debería. Como heterosexual que soy reconozco que no tengo vela en el entierro, pero partiendo de lo mal parado que me están dejando mis congéneres es que alzo la voz en defensa de los que aún creemos en el respeto y la tolerancia como la piedra angular de cualquier sociedad democrática madura.  

Haya o no resuelto a favor el Juzgado de Familia sobre la primera unión de hecho homosexual en Costa Rica y viendo las declaraciones de algunos personajes, llego a la conclusión de que un gran número de personas, a quienes el fallo ni les fu ni les fa, el mejor aporte que pueden hacer a esta discusión es quedarse callados y seguir viviendo su vida, dejando vivir la de los demás.

De todas formas, puedan o no convivir los los gays en uniones de hecho, mañana deberán continuar con su rutina de todos los días: levantarse, estudiar, trabajar, velar por el sustento de sus familias, entre otras labores que también Gerald y Christian deberán hacer como seres humanos que son, con gustos diferentes al mal llamado referente “normal” pero seres humanos al fin, con sentimientos, miedos, necesidades y derechos humanos que los amparan, como a cualquier otro mortal, ande con un hombre, una mujer o la doña del vecino. Allá cada quien con su vida privada. ¡A mí qué me importa!

Por respeto a esa privacidad que se supone a todos nos cobija es que los muchachos  en cuestión, no deberían estar pregonando injusticias en la prensa ni verse enfrascados en tediosos pleitos legales para lograr algo que, por default deberían gozar sin restricciones de ningún tipo, como obtener un crédito, proteger bienes patrimoniales, tomar decisiones médicas, entre otras garantías a las que toda persona debería acceder sin tener que reparar en su historial íntimo para obtener una respuesta favorable.

Pero como en este país, en muchas cosas seguimos viviendo en cavernas, aquí estamos peleándonos a ver si es correcto o no que una pareja gay que se ame busque establecer derechos humanos de convivencia sin discriminación alguna. Entonces, fieles a nuestra costumbre de opinar hasta de lo que no nos han preguntado –véanme a mí escribiendo estas líneas-, nos llenamos la boca de palabrería barata para descargar nuestra crítica intolerante hacia quienes no comparten nuestra visión absolutista del mundo y de sus siempre complicadas relaciones de pareja.

En esto si no tenemos nada bueno que decir y, más bien, vamos a alimentar ese sentimiento homofóbico que aún hoy carcome las bases de nuestra sociedad, es mejor que le hagamos un favor a la Patria y nos quedemos callados. ¡A nosotros qué nos importa! En gustos y colores, no se saben los autores. A ese hombre o mujer que se santigua y eleva plegarias al cielo ante lo que consideran un acecho “mefistofélico” de corrientes libertinas –uy no, la Santísima nos ampare- yo, nada más le pregunto una cosa. ¿No se supone que Dios es amor para todos, sin discriminaciones ni preferencias? ¿Dónde queda el mandamiento de ámense los unos a los otros como yo los he amado? En los 10 años que llevan juntos, Gerald y Cristian lo han hecho muy bien. En cambio, otros siguen levantando falsos, criticando, señalando, agrediéndose mutuamente. ¡Qué clase de cristianos! Perdónalos Señor que no saben lo que hacen.

Ya va siendo hora que demostremos respeto a la amplia y variopinta diversidad que nos nutre y haga esfuerzos en pro de la inclusión que todas las minorías se merecen: entiéndase no solo gays, sino indígenas, niños, ancianos, grupos subculturales, todos, al final del día, somos seres humanos que, desde distintas perspectivas e ideologías, luchamos por salir adelante en este valle de lágrimas.

Que a uno le guste un hombre o una mujer, es mera nimiedad a la par de la responsabilidad que cargamos para conducir a este país y al mundo hacia mejores derroteros, empezando por una apertura mental que no conoce de exclusiones ni marginaciones por un simple gusto no compatible con el de la mayoría. Por dicha ya se dio un paso importante en ruta hacia una mayor tolerancia.

Falta mucho por hacer, empezando por un Estado llamado a dar el ejemplo, haciendo las reformas respectivas para sacudirse ese tufo inquisidor al que gusta someter a las minorías. Ser garante de la pluralidad y multiculturalismo y no represor. ¿Se imaginan si todos fuéramos iguales? ¡Qué aburrido! Las diferencias nos enriquecen y son fundamentales para lograr una superación integral en un mundo tan complejo que es imposible entenderlo y potenciarlo desde una perspectiva única.

Además, soy un convencido, que no hay nada más absurdo que ponerse a normar en temas del corazón. Este rebelde que es se niega a entender lo que la razón dicta en asuntos que le competen exclusivamente a la emoción, sea en el hogar, en el trabajo o en la vida misma. ¿Qué se creen para venir a decirle a alguien que no puede salir con una compañera de trabajo, que no puede casarse con alguien de estrato social inferior, que no puede juntarse con alguien del mismo sexo? Dígale algo así al corazón y verá cómo, parafraseando a Romeo Santos, rudamente le gritará que se calle o se le reirá en la cara.

En síntesis, los legalismos y el corazón no acostumbran ir de la mano, cómo sí lo hacen muchos de los que, aunque sea  escondidas o metidos en el closet, bregan por lograr una conciliación entre ambos elementos y poder salir a gritarle el mundo su amor eterno sin ser señalados ni juzgados. Si uno mismo no manda sobre los sentimientos, menos unos abogados o un conjunto de leyes que parecen haber sido escritos por algún autómata alienígena que nunca se enamoró. Ahora entiendo por qué Ricardo Arjona decía en su canción “Me enseñaste” que los abogados saben poco de amor y que el amor se cohíbe en los Juzgados.

Por fortuna en el de Goicoechea, donde se dictó la sentencia, privó un poco la sensatez y el derecho que todos tenemos a hacer de nuestra vida privada lo que nos dé la gana.  Que el Código de la Familia la prohíbe, que la Iglesia en sus mandamientos, que la Constitución Política… No esperemos a que todo el mundo se adapte a lo que establece nuestra institucionalidad. Mejor ajustemos el sistema a las necesidades cambiantes de una sociedad en evolución y no éstas a un Estado en retroceso que no conoce de preferencias.

Tuve el privilegio de ser compañero de Gerald y Cristian en la Universidad y puedo decirles que así como ellos se esmeraron por aprobar los cursos y convertirse en profesionales de bien, hay muchos otros que, en igualdad de condiciones, merecen poder gritarles al mundo que se aman y desean una vida feliz juntos, sin intromisiones ni señalamientos de gente que se escandaliza por todo, menos por la gravedad de sus propias actitudes y opiniones.

A todos ellos, silencio, por favor, no distraigan a los que trabajamos por construir una sociedad más justa y equitativa.